La «pérdida de España»

Un monje mozárabe, cuyo nombre ignoramos, estaba escribiendo una continuación a la Crónica de San Isidoro a mediados del siglo VIII y cuando llegó el momento de recordar lo sucedido en Guadaleta encontró las palabras exactas, «pérdida de España». No se trataba de la caída del régimen godo, que sus reyes y nobles bien merecieran –partidos enfrentados en lucha por el poder eran los que habían llamado a los berberiscos en su ayuda– sino de algo más profundo. Hispania, patrimonio heredado de Roma y reconocida como tal desde la época de Diocleciano, se había hundido. Los musulmanes no llegaron a dominar más que dos tercios de la Península y hasta borraron su nombre, recreándose en algo que sonaba a tiempos primitivos, al-Andalus. Pero, al mismo tiempo, aquel ilustrado cenobita, acariciaba en su memoria una buena noticia que acababa de llegar: «los europenses» de Carlos Martel habían detenido en Francia la invasión y renacían de este modo las esperanzas. Es una lección aplicable a nuestros días cuando, como consecuencia también de las divisiones políticas, España parece a punto de perderse para volver a los taifas como don Marcelino Menéndez y Pelayo ya presagiara.

España es una nación, una de las cinco naciones que forman Europa, según lo explicarán los reunidos en el Concilio de Constanza a principios del siglo XV, y es por ello muy lógico que, en estos momentos de peligros de disolución, las esperanzas se vuelvan hacia Europa. Un salto adelante, superando errores de siglos, está permitiendo el renacimiento de la europeidad, que es culturalmente uno de los logros de la Humanidad. Pero nosotros, a causa de este título VIII de la Constitución, que ya algunos políticos considerarán como amenaza, está ahora a punto de partirse en trozos, cada uno de los cuales reclama para sí un carácter nacional que carece de raíces históricas. El hecho era previsible. Siempre que se toma la decisión de reconocer autonomías, se abre la puerta para que éstas, reclamando su identidad, lleguen a la independencia. A un historiador, aunque le disguste, no le sorprende la versión que en Cataluña y el País Vasco se está dando de aquel paso inicial de 1977. No tenemos más que tener en cuenta la suerte del Impero austro-húngaro o incluso de la Unión Soviética. Conviene, sin embargo, en esta hora difícil, destacar algunos puntos. La nación española no es simplemente un territorio; se trata de un orden de valores, es decir de un patrimonio del cual todos nos beneficiamos. Un antiguo poeta que recogía la leyenda de Rodrigo el Campeador, se atrevió a decir que «de toda España Castilla es lo mejor». A lo que un monarca aragonés, Pedro IV, que residía preferentemente en Barcelona, replicó: «Cataluña es la mejor tierra de España». Con esos valores compartidos y profundos, España ha contribuido poderosamente a la construcción de Europa y América, fundiendo sus hablas en una lengua rica, que se llama española. Me molesta esa continuada alusión al castellano como si se tratara de algo ajeno que se ha impuesto. No. La lengua castellana ha dejado de existir hace mucho tiempo: si ahora dijéramos maguer o cras o albijara o exid, nadie nos entenderia. Pues bien, esas son palabras castellanas, que han desaparecido al fundirse las demás en una lengua única que hoy emplean muchos millones de personas. Juan Pablo II, desde su brillante inteligencia reconoció que la mayor parte de los fieles católicos, cuando se dirigen a Dios, lo hacen en español.

Cuando se renuncia a un patrimonio compartido durante muchos siglos se causa perjuicio y muy serio, no sólo a los demás sino precisamente a uno mismo. Es algo que los partidarios de la separación silencian. Es muy cierto que España debe mucho a Cataluña pero no lo es menos que Cataluña debe también mucho a España. Si en 1478 no se hubiera alzado como unidad, el Principado, cargado de deudas no hubiera conseguido salir de la depresión. Y fueron Fernando e Isabel los que, al disponer de los recursos que sus otros reinos brindaban, pudieron sustituir el «desgavell» por el «redreç». Mucho ojo: es posible que estemos a punto de contemplar una inversión de los términos volviendo al desequilibrio que arruina. Deberíamos leer con atención los trabajos que Jaime Vicens y Ferran Soldevila nos han dejado como preciosa herencia.

No quiero aparecer como pesimista, pero tal y como están las cosas y teniendo en cuenta las estructuras políticas que se han adoptado al hacer de las autonomías una especie de reparto de la soberanía nacional, me parece que es inevitable ya la partición. Pido sinceramente a Dios que me equivoque. Pero no se trata de una situación paralela a la de principios del siglo XVIII que ahora se invoca. Porque lo que estaba entonces en juego era una cuestión dinástica entre Borbones y Habsburgo, lo que implicaba también un enfoque distinto de la soberanía en su ejercicio. Si hubiera vencido Carlos no se hubiera proclamado rey de Cataluña sino de España. Y la Pragmática Sanción de Felipe V no era, en modo alguno, una especie de castigo, como ahora se intenta decir, sino de un cambio que iba a permitir a Cataluña emplear todos los recursos que la Corona tenía a su disposición para hacer de Cataluña la primera y más desarrollada económicamente de todas sus dimensiones. Y así sucedió. Durante largo tiempo el Principado fue la gran fuerza que impulsó el desarrollo en ambos mares, Mediterráneo y Atlántico. No se equivocaban los defensores de Gerona cuando, frente a los cañones de Bonaparte cantaban aquello de «¿cómo quieres que me rinda si España no lo quiere?».

Tampoco ahora. España está pidiendo a Cataluña, desde el amor profundo, que no se rinda a las circunstancias desfavorables que Europa vive, sino que estreche sus vínculos y tome del resto de España todo lo que haga falta para superar esta etapa de crisis. Que pasará. No lo duden.