La primavera es para Sevilla

La Razón
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Lo he escrito mil veces. Hay un tiempo donde Sevilla es reina absoluta entre las ciudades más bellas del universo. Ese tiempo transcurre desde que salen los primeros brotes de azahar en los naranjos de las calles hasta el Corpus. Da igual que se atrasen mejoras, proyectos, que desaparezcan viejas casas, antiguas tabernas o algunos colmaos trianeros donde el baile y el cante flamenco eran verdad y pureza. Incluso que canallas por cuenta ajena traten de perjudicar la «Madrugá», con la belleza, el arte y la convivencia que significan. La religiosidad, por supuesto, es materia reservada de cada cual. No importa que la esperada corrida de la Maestranza engrose la lista de tantas tardes de expectación que terminan en desilusión. Ya había puesto en pie a la Campana entre aplausos y vítores el Resucitado. Gracias a ese reinado siempre hay tanto para vivir en otra dimensión que el resto de los mortales no pueden disfrutar de tan mágica temporada. Hay un número cada vez mayor que quiere saborear incluso veneno, porque, como escribió Lope de Vega, al ser un acto de supremo amor les sabrá como el más dulce de los licores. Por ello conviene moderarse en la difusión de tan grandes maravillas porque bienvenidos sean los turistas, que aportan casi tantas riquezas como los galeones que llegaban por el Guadalquivir cargados de plata. Pero tampoco sería bueno que terminara en una pacífica ciudad donde el número de sevillanos fuese inferior a los turistas cualquier día del año. Hay que dejar claro que sevillano es todo aquél que decide, en un acto de amor, serlo y vivir en plenitud esta ciudad. Que aunque sean cosas de raros, hay algunos que, habiéndolos paridos aquí y no accidentalmente, no pueden soportar tanto fulgor y marchan despavoridos. Así que, como dijo Carlos Herrera, sevillanos a la gloria. Disfrutemos de lo mucho que se nos ofrece. Los problemas y los fallos dejémoslos para otro momento, como hace el Consejo de Cofradías, que todos los años aparca hasta el año siguiente lo que lleva sin resolverse décadas, que es muy posible que sea la mejor solución.