La propuesta de Felipe

El diálogo político en España sufre un grave bloqueo. O sea, no hay diálogo político propiamente tal. Salvo que discurra por oscuros subterráneos desconocidos. En público, cada cual se enroca en sus propias posiciones sin escuchar las razones o las propuestas del otro. Pasa con el análisis de la situación económica y las soluciones de futuro entre el Gobierno y la oposición y pasa hasta la náusea o el hastío en el caso catalán. Basta observar en el primer caso las sesiones parlamentarias, basadas en diatribas y descalificaciones mutuas, en vez de buscar puntos de encuentro, y basta comprobar, en el segundo, cada día la reafirmación de posiciones incompatibles entre el Gobierno de Rajoy y el de la Generalitat. Cada nueva iniciativa de Artur Mas, cuyo porvenir político se antoja más triste y oscuro que el reinado de Witiza, como la última en relación con la Agencia Tributaria propia, es un obstáculo más en el camino del entendimiento. El incansable líder nacionalista predica diálogo cada día desde los periódicos y los estudios de radio y televisión mientras cierra las puertas al mismo a base de portazos y hechos consumados. A este paso, con la gran frustración, va a dejar a Cataluña «imposible para vos y para mí». Entre socialistas y populares sigue rigiendo el sectarismo, que se proyecta a la calle y que impide atender a razones, y menos en tiempo electoral; pero con los nacionalistas catalanes y, en parte, con los vascos se trata de la pugna imposible entre el ciego sentimiento herido y la clara razón política.

La tímida sugerencia de Felipe González de ir pensando en la posibilidad de un gran Gobierno de coalición si es necesario, puede resultarle inoportuna o inasumible a Rubalcaba, que se juega en estas elecciones europeas la última baza para mantener su liderazgo en el partido; pero sospecho que la mirada de Felipe va más allá. Me imagino que está pensando en el mapa resultante de las próximas elecciones generales. El pronóstico más razonable apunta a la continuidad del bipartidismo, pero debilitado. Y no parece recomendable entonces un Gobierno débil, en minoría o con apoyos inconsistentes de fuerzas minoritarias poco fiables, si se complica el problema catalán y sigue la crisis institucional, que puede aconsejar acometer una reforma de la Constitución. En esas circunstancias, gobernar, como otras veces, con el respaldo de los nacionalistas vascos y catalanes parece una quimera. A estas alturas no se antoja un despropósito afrontar los retos difíciles, como hacen ahora mismo con naturalidad en Alemania o en Italia, con un Gobierno fuerte de gran coalición. La experiencia, aún inédita, serviría para superar los actuales sectarismos, limitar la influencia de las fuerzas nacionalistas de la periferia, poniendo de relieve su prescindibilidad, sacar adelante por consenso la reforma constitucional y restablecer visiblemente en España y de cara a Europa el diálogo político. A lo mejor Felipe González, que carga a sus espaldas una larga experiencia de Gobierno, no anda descaminado.