La tesis de Papen

La Razón
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El mariscal Hindenburg, héroe nacional y Presidente de la República de Weimar, ya en demencia senil mantuvo contacto con la lucidez teniendo a Hitler por caudillo callejero de una gavilla de malvivientes. Los nazis habían abandonado el asalto a los cielos por la legalidad democrática y en 1933 se embolsaron una mayoría minoritaria resistida por la tenacidad del viejo soldado. Entre el bloqueo político y nuevas elecciones, Franz von Papen, uno de los líderes de la derecha alemana, convenció a Hindenburg de que era hábil designar canciller a aquel desordenado atrabiliario ya que el poder le moderaría, a más de que sería un muro contra la marea comunista. Papen ya tenía el precedente inmediato del socialista Kerensky quien al frente del Gobierno provisional ruso estimó que se debía colaborar con Lenin incluyéndole en el poder para moderar el bolchevismo. Papen tuvo que sentarse en Nuremberg por crímenes contra la humanidad, librándose de la pena al considerársele más tonto que perverso. El buenudo teniente coronel de paracaidistas, Hugo Chávez, lideró en 1992 un golpe militar (32 muertos) contra el Presidente constitucional Carlos Andrés Pérez, epítome de la corrupción socialdemócrata en Hispanoamérica. Como es sabido es más fácil que una mujer muera de próstata que un militar venezolano en combate, y Chávez se rindió sin un rasguño y con dos benevolentes años de cárcel. Nacionalista, populista, «socialista del siglo XXI», desaforado, lenguaraz, arrasó en unas elecciones porque hasta la derecha venezolana y las clases medias y los mandatarios internacionales creyeron que el poder moderaría tanta fanfarria y que no le vendría mal al país un militarote democrático que ordenara un poco el sistema. De nuevo calaron las tesis de Papen sobre los milagrosos efectos moderadores del poder. A aquello de que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente habría que añadir que jamás el poder ha moderado a nadie. Ahora es expansivo el supuesto de que el despacho oval moderara los despropósitos del electo Donald Trump, aunque sus primeros nombramientos recaigan sobre lo más intolerante y pintoresco del republicanismo. Suponemos que Trump no va a invadir Polonia aunque no crea en las elecciones que ganó y hubiera impugnado de perderlas, pero tampoco va a cambiar a su edad y una densa nube reaccionaria se posará sobre su administración con réplicas mundiales, dando falsos motivos y criterios a la caverna del populismo de ultraderecha y a la gruta prehistórica de la ultraizquierda. Papen, vuelve.