La última trampa de Puigdemont

La Razón
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Hay muchas esperanzas puestas en la comparecencia de Puigdemont en el Senado, como si se esperara del president un ataque de cordura in extremis. Puede que ello suceda, aunque los iluminados no suelen apagar sus bombillas de alto voltaje para utilizar otras de bajo consumo. Puigdemont ha puesto tantas trampas al Estado que en ese laberinto tal vez ya no sepa ni dónde dejó los cepos. Hasta él mismo puede caer envenenado por las miguitas que ha esparcido por el tortuoso camino del engaño. Son esas trampas las que quizá hagan recapacitar al president como el ebrio que olvida siempre dónde ha dejado las llaves de su casa. Si el Gobierno entra en la realidad paralela que la Generalitat ha creado y levanta las alfombras descubrirá más de lo que hoy se sabe. A dónde fueron a parar los dineros para la causa, quiénes se beneficiaron de sus sobres en B, qué ayudas recibieron las entidades que ahora contempla encarcelados a sus líderes, cómo estaba montada la trama tributaria de la que alardeaba su vicepresidente económico. Una vez dentro, con Puigdemomt fuera, brotarían las raíces de sus mentiras. El envés de la sonrisa. Los que ahora apoyan ciegamente al mandamás de la secta soberanista radical se desayunarían con el plan blanco sobre negro para el que estaba siendo utilizados como personal de atrezzo en beneficio de la élite rebelde. Muchos de los que susurran al oído de Puigdemont para que tuerza su opinión no lo hacen para que regrese la tranquilidad, sino para no sufrir un ataque de nervios descubierta hasta la guinda del pastel con el que han estado cebando sus bolsillos durante años. Una vez pasado el trago de la resistencia inicial más o menos violenta, para eso está la CUP, y los adiestrados cachorros de la ANC y de Ómnium, llegará la resaca de la verdad que no admite más borracheras. Ese es el punto flaco de Puigdemont, que ya podría haber convocado elecciones mientras las empresas se marchaban para no volver. Hasta la de su prima que no quiere hacer el primo. Debajo de los adoquines estaba la playa; ahora, bajo el asfalto dulce de una falsa libertad, se esconde la cloaca y el plan del odio. No sería pues lo que se llama un golpe de sensatez lo que finiquitaría esta pesadilla sino otro de realidad. Si el Gobierno entra en las alcantarillas de la Generalitat, miles de paniaguados perderían el chollo, y, sin dinero, ya no verían a su madre patria como la gloria en las nubes. La marea sube y se acerca al corrupto castillo de arena. Eso es lo que no quiere Puigdemont. Y es por lo que hace bien el Gobierno al exigir una vuelta completa a la legalidad. Una cosa es abortar la operación limpieza a poco que el inquilino del Palau se resetee y otra llevar la dignidad de los españoles al tinte con otro cepo en el que caeríamos todos. Por mucho que los tíos de la vara se aposten en el Senado y Junqueras, como un trasunto de la vieja del visillo, vea pasar el cadáver de la inteligencia.