La unión de las naciones

La Unión Europea fue creada sobre algunas premisas fundamentales. Una era la prioridad concedida a las decisiones técnicas. Ni la Comisión, ni el Banco Europeo ni el Tribunal de Justicia son entidades democráticas. Otra de esas premisas era la voluntad de superar las pulsiones nacionalistas que devastaron Europa. La UE no interfería en las naciones democráticas, regidas por sistemas constitucionales, pero asumía una parte de su soberanía. El Parlamento Europeo es un añadido un poco artificial. Ha ido adquiriendo más poder, pero no tiene todo el poder de un parlamento nacional. Veremos cómo se resuelve el contencioso entre la Comisión y la Cámara sobre el Presidente de la Comisión, contencioso que ha llevado a dos ilustres medianías, como Juncker y Schultz, a ser candidatos a presidente europeo, ni más ni menos. El Parlamento Europeo sigue sin ser verdaderamente representativo. No se ha creado la identificación, misteriosa y difícil, que debe darse entre un ciudadano y sus representantes parlamentarios.

Por otro lado, la crisis económica ha suscitado el auge de los populismos nacionalistas, que lleva por sus pasos contados al repliegue identitario: el FN en Francia, ERC y ahora CiU en España, el UKIP y el BNP británicos son algunos de los ejemplos más sonados. En el punto de mira está la Unión Europea, que no aguantará la eclosión de naciones nacionalistas, pre-históricas, basadas en la exclusión, la xenofobia y la intolerancia. Estamos en el umbral de una gran regresión hacia un continente de tribus culturales, «étnicas» y lingüísticas. Combatir esto requiere algo más que la crítica al populismo nacionalista, y algo más también que el empeño, imprescindible, por salir de la crisis económica. Convendría preguntarse hasta qué punto la propia UE está en la raíz del desgaste de la idea de nación, en este caso la nación constitucional, compuesta de ciudadanos titulares de derechos. Si fuera así –y todo indica que lo es– la UE misma, tan abstracta, tan incapaz de suscitar emociones e identificaciones cívicas, estaría contribuyendo a abrir la puerta a los populismos nacionalistas.

La Unión Europea parece estar llegando a una encrucijada en la que tendrá que enfrentarse a lo que ha querido soslayar: la relevancia de la nación, de la nación democrática y constitucional, para la salvaguarda de la libertad civil. Es algo que mucha gente, en nuestro país, sigue sin querer ver. La UE no habrá solucionado los problemas de identidad de la nación española, como muchos querían pensar que haría. Era previsible, y ahora esos mismos problemas han empezado a atacarla a ella.