Lincoln, Trump y Albiol

La Razón
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Si antes de nacer, sin saber a que familia vamos a pertenecer, sin conocer el color de la piel que vamos a tener, nuestra nacionalidad, la riqueza de la que vamos a disfrutar, las enfermedades que sufriremos o la suerte que tendremos a lo largo de nuestra vida... Si antes de saber todas estas cosas acerca de nosotros mismos pudiésemos decidir cómo tiene que ser el mundo, qué sistemas de solidaridad debemos sostener para proteger a quién le vaya mal o decidir a qué deben renunciar unos para que otros puedan resistir con dignidad, probablemente la vida sería mucho más justa.

A esto se refería Ralws con su «velo de la ignorancia» como premisa para construir una sociedad más justa. Ese liberalismo igualitario es una forma civilizada de afrontar la vida. La conclusión es que el mundo occidental debería ser un «exportador» de estas ideas, de libertad y de democracia en lugar de «importar» ideas que generan más desigualdades e injusticias.

Esta semana hemos conocido noticias sobre dramas humanos. Niños y mujeres arrastrándose por el suelo para traspasar concertinas y vallas que acuchillan en la frontera con Hungría, un camión frigorífico con setenta seres humanos asfixiados y abandonados sus cuerpos en una cuneta austríaca durante más de 36 horas, hombres y mujeres de distinta nacionalidad que huyen del hambre y de la guerra. Ésa es la fotografía de una realidad cruel que año tras año vivimos en Melilla, Lampedusa o Austria.

Muchos vienen de países donde no hay pan, pero tampoco hay libertad. En general, los países más desarrollados económicamente son los que gozan de democracias más consolidadas. Libertad y prosperidad van de la mano, pero la conexión en valores es entre libertad e igualdad, que deben caminar juntos.

Una sociedad es plenamente libre cuando las personas gozan de iguales cotas de libertad. Por eso, es preocupante que en democracias consolidadas empiezan a aparecer discursos y posiciones políticas extremistas.

Donald Trump pelea por ser el candidato a la presidencia de Estados Unidos por el Partido Republicano y parece que las encuestas le van sonriendo poco a poco. Es un multimillonario al que parece resultarle un juego gobernar el destino de millones de seres humanos. Un egocéntrico, tan exitoso que promete barrer a ISIS y someterá a los chinos. En el extremo de la autorreferencia, una vez dijo que su hija estaba tan deliciosa que, si no fuera suya, saldría con ella. Después de sus salidas de tono machistas, de su estilo agresivo en la campaña, llegaron sus mensajes xenófobos. Ataques contra los inmigrantes hispanos.

Parece mentira que el sr. Trump pertenezca al mismo partido que el presidente Lincoln, que hizo de EE UU un país más digno con la abolición de la esclavitud.

A veces los valores se someten a lo que se considera electoralmente más conveniente, pero las consecuencias son siempre negativas. Supuso un hito que la primera potencia del mundo tuviese un presidente negro en 2008, tan sólo 43 años después de la aprobación de la Ley de Derechos Civiles en la que se prohibió la aplicación desigual de los requisitos de registro de votantes y la segregación racial en las escuelas, en el lugar de trabajo y en los lugares públicos. Un año después, en 1965, se aprobó la Ley de Derecho de Voto de todas las razas. La victoria del sr. Trump sería la vuelta a la peor etapa de Estados Unidos.

En nuestro país también tenemos elecciones, las primeras en septiembre en Cataluña. El nacionalismo separatista ha llevado al límite el absurdo, la división y la ruptura, pero la forma de combatirlo no es con más radicalismo, ni mucho menos cambiando el mensaje separatista por el de rechazo a los inmigrantes. El sr. García Albiol ha coqueteado con el racismo en las elecciones municipales y ha generado mucha controversia. El sr. Rajoy no ha acertado; independientemente del resultado que saque el PP en Cataluña, hay valores que están por encima.

Tenemos que decidir si queremos que haya dos universos separados por un muro de metal, un muro de agua y de mar y muros de desigualdad, o aspiramos a un mundo en el que no haya dos humanidades, una rica y próspera y otra anclada en el pasado, la pobreza y la injusticia.

Pero cuando tomemos la decisión, pongámonos en el supuesto de Ralws, cerremos los ojos por un momento y supongamos que no sabemos cuál de los dos mundos nos va a tocar vivir a nosotros y a nuestros hijos.