Lo que hay que negociar

La palabra negociación está siempre presente en nuestro llamado mercado laboral. Empezando por la negociación colectiva, siguiendo por las negociaciones de todo tipo entre sindicatos y la CEOE, y terminando con entre los incorrectamente llamados «agentes sociales» (la sociedad no tiene agentes) y el Gobierno, que pueden culminar en los aún más equivocadamente denominados «pactos sociales» (la sociedad no pacta). Tras tantas negociaciones, el resultado es que el mercado laboral se parece poco a un mercado, y está lastrado por numerosas trabas y regulaciones que convierten a nuestro país en el farolillo rojo del paro en Europa. Es evidente que aquí hay algo que se está negociando mal o, más bien, que aquí no se está negociando lo que hay que negociar. La llamada negociación colectiva es en realidad una trampa, porque se trata de una imposición sobre el conjunto de los trabajadores de un sector, con lo cual lo más probable es que su desenlace sea o inútil o dañino. Lo que hay que negociar no puede ser colectivo sino individual, a nivel de cada empresa y de cada trabajador. Admitiendo por obvias razones que pueda haber trabajadores que deseen negociar en grupo, a través de sus legítimos representantes, y asimismo debería respetar la voluntad de los trabajadores que no quieran estar sometidos a la negociación. Las barreras que erigen las autoridades frente a la libre negociación de trabajadores y empresarios deberían reducirse, y esto no hay que negociarlo con nadie: hacerlo es un deber de dichas autoridades, igual que suprimir los privilegios corporativos. El deber de los empresarios es cuidar sus empresas, para lo cual negociarán los salarios en función de la productividad de sus empleados. Esto también vale a escala individual. Así, no cabe incrementar salarios en un sector, como sugirió ayer Juan Rosell, porque en un mismo sector puede haber empresas en situaciones muy diferentes. Recordemos: si las negociaciones suben los salarios por encima de la productividad, el resultado es más paro, en especial cuando la actividad se derrumba. Si los suben por debajo de la productividad, las empresas perderán a sus mejores trabajadores. En suma, aquí tampoco vale el café para todos.