Los peores, la selección adversa

La Razón
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A raíz del pacto en Andalucía, ha surgido el debate sobre si los acuerdos políticos deben ser juzgados por sus actos de gobierno o deben ser inaceptables en sí mismos, según quienes sean sus integrantes.

Es una discusión abierta desde algunos sectores progresistas y han volcado en él toda su imaginación para defender una posición práctica, si lo que hace un gobierno es bueno, entonces el acuerdo que lo propició también lo es.

Sus argumentos son impecables desde el punto de vista formal. El sistema constitucional prevé que gobierne el partido que consiga la mayoría parlamentaria y eso, según ellos, debería poner fin al debate de la legitimidad, el resto debe valorarse con posterioridad en las urnas.

En realidad, lo que están defendiendo es otra cosa. Su intencionalidad se hace evidente cuando comparan la legitimidad del pacto andaluz con la mayoría parlamentaria que dio a Pedro Sánchez los votos suficientes para sacar adelante la moción de censura.

Desde otras latitudes, la estrategia de los sectores conservadores se ha volcado en dos sentidos diferentes: por una parte, mostrar encuestas y sondeos de urgencia que quieren demostrar que el acuerdo del PP y Ciudadanos con la extrema derecha es refrendado por sus votantes y, por otra, hacer hincapié en las partes del acuerdo que contradicen los postulados más insoportables, desde el punto de vista democrático, defendidos por Vox.

Sin embargo, hay una debilidad en los argumentos que proclaman tanto los defensores de Pedro Sánchez como los que defienden el acuerdo en Andalucía, ambos confunden la legalidad que permite el sistema constitucional con la legitimidad moral que se debería exigir en la política.

El fin no justifica los medios porque éste se contamina cuando los medios son injustos, inadecuados o faltos de moralidad. Eso es lo que inhabilita el pacto del Partido Popular y Ciudadanos con Vox.

Albert Rivera siempre ha querido ser Birgitte Nyborg, recuerden la protagonista de la serie danesa Borgen, pero no lo es, Nyborg prefirió perder el poder a gobernar con la extrema derecha.

Es falso que Vox no se haya llevado una rebanada de poder, el gaditano Manuel Gavira se ha convertido en el primer miembro de un partido ultraderechista en alcanzar un cargo institucional en España. Eso no es tanto mérito de Santiago Abascal como de Pablo Casado y, sobre todo, de Albert Rivera.

Antes los insultos de Santiago Abascal en redes sociales no tenían mucha relevancia, ahora sí. Albert Rivera, como un niño que sabe que obrado mal, intenta despegarse de Vox comparándoles con Podemos. La respuesta de Abascal ha sido lacerante: “Que ya aburres @Albert_Rivera. Te crees Bismarck pero ves un extranjero y te postras, "petit Macron"henchido de cosmopaletismo”.

Lo único cierto del mensaje del líder ultra es que Albert Rivera no es Emmanuel Macron, este ganó a Marine Le Pen, impidió que tuviese poder, el líder naranja se lo ha dado.

El Partido Popular se ha rebozado en la incongruencia. Ha enterrado los tiempos en que defendía que gobernase la fuerza más votada y criminalizaba los “pactos de perdedores”, para defender ahora que gobierne Juanma Moreno, el del resultado catastrófico.

Claro que desde la calle Ferraz poco pueden decir, bastante trabajo debe de ser intentar blanquear su pacto de gobernabilidad con sus actos de gobierno. En realidad, es caer en el mismo error: gobernar el Estado español con quién detesta al Estado español es médicamente esquizofrénico, políticamente cínico.

Acaba el 2018 peor que empezó el año, en el escenario político van quedando, cada vez, peores actores. Los economistas dirían que es un fallo del mercado electoral al que, incluso, ponen nombre, lo llaman “selección adversa”.