Los pitos del niño

Su antigua novia, la maltratada, nos lo ha revelado. Fue el fresco del niño. Compró cinco mil pitos para que estos sonaran contra el Rey en la final disputada en Valencia. Y sonaron. Es lógico. A un tonto le regalas un pito y sopla. Si son cinco mil los tontos, cinco mil pitos soplados. Jordi Pujol hijo, el de la colección de diecisiete coches de lujo, el de los negocios de hostelería en México, el de los paquetes de billetes de quinientos euros depositados en la Banca Mora de Andorra, fue el de los pitos. –¿Has visto la que se ha montado? ¡Mort al Borbó! ¡Mort al Borbó!–.

Además de gilipollas, grosero. Deduzco que el tal «Borbó» es el Rey, que no se apellida «Borbó» entre otras cosas. La curiosidad me obliga a una pregunta. ¿Quién los distribuyó entre los cinco mil piteros? El niño mayor de los Pujol no tiene excesiva fama de trabajador, y repartir cinco mil pitos es una labor engorrosa. Para repartir cinco mil pitos hay que conocer la dirección postal de cinco mil majaderos. Los pitos no se pueden enviar por correo electrónico. Hay que distribuirlos o entregarlos a mano. ¿Colaboró el «club de los valors» en el reparto premiando con un pito a los cinco mil primeros socios que adquirieron sus entradas? ¿Los vendieron en los aledaños del estadio Casanova de Valencia? ¿ Los regalaba la señora Ferrusola en su floristería? Vamos a ver. Lo de menos es encargar cinco mil pitos y pagarlos, más aún si el dinero no es consecuencia del trabajo diario y el sudor de la frente. Se llama a la fábrica de pitos y se negocia el precio. –¿Es la fábrica de pitos? Soy Jordi Pujol Ferrusola y quiero cinco mil. Los más ruidosos. Sí, para que suenen cuando aparezca el «Borbó» en el palco la noche de la final. Me los envía a casa de mis padres. Dígale al del transporte que los entregue después de la 10 de la mañana, porque antes de las diez mis padres están sin arreglar y se puede llevar un susto. Sí, perfecto, se los abono al contado. Si he comprado varios hoteles y tengo diecisiete coches, como comprenderá no le voy a discutir el precio de cinco mil pitos, pero le recomiendo que no me los facture si se siente plenamente catalán. Será su aportación a la causa. En el caso de que no se sienta plenamente catalán y me cobre los pitos, le cerraremos la fábrica de pitos. Con la independencia de Cataluña no se juega. ¿Me ha entendido? Yo podría tener veinticinco coches y sólo tengo diecisiete porque ocho de ellos se los he ofrecido a Cataluña, y si yo ofrezco ocho coches de lujo a Cataluña, usted le ofrece los cinco mil pitos o se queda sin pitos para siempre. No, no es una amenaza. Bajo ningún concepto. Es una invitación para que se sume al movimiento independentista. De acuerdo, muchas gracias y bienvenido a la causa. Pero recuerde al transportista que los entregue a mi papá o a mi mamá, la Marta, porque si los reciben mis hermanos se los pueden quedar y se fastidia el meneo al «Borbó». «Moltes gracies».

La ridiculez de esta familia carece de límites. Lo de «mort al Borbó» tiene menos gracia, porque se trata de una incorrección profundamente grosera. Si el «Borbó» es el Rey que no se apellida «Borbó», más aún, por cuanto el Rey se comportó con el padre del comprador de pitos con extremada cortesía durante sus años al frente del negocio a costa de Cataluña. Y el 23 de febrero de 1981, de no haber sido por el Rey, el papá del comprador de pitos, la mamá del comprador de pitos, los hermanos del comprador de pitos y el mismo comprador de pitos hubieran visto cerrados todos sus horizontes mercantiles.

La pregunta es quién los distribuyó. Y la respuesta me la figuro, pero de momento la guardo para mí y me la callo.