Mandan los hooligans

El Gobierno autonómico medita plantear una causa de inconstitucionalidad a la reciente reforma de la legislación sobre el aborto, por entender, en coherencia con su ideario al respecto, que vulnera derechos fundamentales. No es necesario pronunciarse sobre el fondo de la cuestión para notar que en este añejo debate se ejemplifica más que en ningún otro la miopía de la actual clase dirigente española. Felipe y Aznar, que habitaban antípodas ideológicas, convivieron armónicamente con la norma de 1985, una ley de supuestos que facilitaba una gatera (el equilibrio psíquico de la embarazada) para las conciencias más laxas al tiempo que protegía a los médicos objetores. Durante veinticinco años, el aborto dejó de ser un problema en España, como no lo es en ninguna nación avanzada desde hace mucho, porque los gobernantes atendían al deseo de la mayoría mientras desoían a sus respectivos hooligans: las «enragées» del nosotras-parimos-nosotras-decidimos y los meapilas de la tolerancia cero. Pero en su obsesión suicida por quebrar los grandes consensos nacionales, Zapatero encargó a Bibi Aído, la Victoria Kent ágrafa de Alcalá de los Gazules, una de sus revoluciones de pitiminí encaminada en exclusiva a chinchar al adversario: nada que deba extrañar en los personajes. Lo que en verdad espanta es que Gallardón, ese melómano ahíto de lecturas elevadas, haya respondido con idéntica estrategia tocapelotas. No era necesario rebozarse en los mismos lodazales, pero está claro que estos políticos se sienten más cómodos con el vocerío cismático de los radicales que procurándole normalidad democrática al ochenta por ciento de la población.