Más allá del arcoíris

La Razón
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La naturaleza nos enseña que la diversidad es consustancial a la vida en la Tierra: hay flores, plantas, árboles y animales de mil y muchas maneras. ¿Por qué entonces los humanos tenemos que ser todos iguales o, como mucho, aceptar ser clasificados en dos grupos y poco más? Muchos humanos, muchas conductas. Todos somos igual de humanos. Sin embargo, ello no nos condiciona a comportarnos igual, a tener las mismas creencias o los mismos gustos. Las «normas», o las directrices morales acerca de lo que está bien o mal, han variado –y, ¿evolucionado?– a lo largo de los siglos. Actualmente, la diversidad ha salido del armario. Empero, se ha encerrado al respeto.

Tan válido es el que tiene preferencia por los de su mismo género como el que opta por un estilo de vida tradicional. No es más «guay» el que asume los colores del arco iris (imagen de marca asociada al mundo gay) que el que es católico, pro familia y pro vida. Todo el mundo debería tener cabida y ser merecedor de la misma aceptación y respeto independientemente de su singularidad u opción. En el reino animal, por ejemplo, no creo que ninguno se crea superior a otro. Aunque, quién sabe, igual un león piensa que es mejor que otros porque tiene melena y ruge, o un delfín se siente superior a otros animales acuáticos porque son buenos «terapeutas» y tienen su propio lenguaje.

Una sociedad en la que las diversas opciones personales fuesen admitidas y dignificadas sería mucho más acogedora, fomentadora de la felicidad, más saludable, más humana si cabe. Nadie es mejor que nadie. Ninguna opción es mejor que otra. Es imposible ser humano y no ser singular. Dejémonos de etiquetas que nos alejan y de compararnos a la baja –o, a la alta–. Solo así la convivencia mejorará. Respeto sí. Singularidad, también.