Mejor París

La decisión del primer ministro británico, David Cameron, de convocar un referendum para decidir la pertenencia o no de Reino Unido a la Unión Europea no es una mala noticia. Responde, con toda seguridad, a la defensa de los intereses de Gran Bretaña y supone, también, una forma de intentar obligar a la Unión y a sus estados miembros de acordar un modelo de integración en Europa que beneficie los intereses de la isla. Se trata de cambiar el rumbo que, en los últimos treinta años, han seguido los estados europeos a favor de una unión cada vez más estrecha y en la que prevalezcan los intereses comunitarios. La propuesta de Gran Bretaña no debería preocupar, sin embargo, en el sentido de que, finalmente, los británicos decidiesen abandonar la Unión Europa, algo que sería muy positivo para el conjunto de la Unión y para la instauración, con mayor facilidad, de un modelo político que llevase a Europa a mayores niveles de integración. Las dificultades comenzarían a surgir si algunos estados se sumasen a las tesis británicas que pretenden privar a las instituciones comunitarias de poder de decisión y que, en fondo, aspiran a una unión meramente económica, sin aspectos de integración política y social y, desde luego, en la que estén ausentes, en general, los elementos de solidaridad. La defensa de los intereses de Gran Bretaña no conviene a España ni a la mayoría de los Estados de la Unión pero es una buena oportunidad para aclarar el futuro de la Unión Europea. Si Gran Bretaña abandona este proceso de integración (aunque también si no lo hiciera) habría que centrar todos los esfuerzos para que Francia asumiese el liderazgo financiero en Europa y si, por el contrario, Gran Bretaña decidiese continuar, la Unión no puede permitir que permanezca a base de la concesión de privilegios y de situaciones de excepcionalidad. El destino de Europa está trazado y sólo queda decidir el trazado exacto del camino y el tiempo que hay que emplear para recorrerlo. La tensión entre dos modelos de Unión es lo que se está debatiendo, en estos momentos, en Europa y no podemos dudar de que la política exterior británica derrochará múltiples esfuerzos para convencer a algunos socios europeos de las virtudes de su plan. La posición de España y de muchos más miembros de la Unión no sólo debe consistir en resistir sino que, además, hay que llevar a cabo una política clara y decidida en favor de un modelo de Unión Europea en el que, más allá de una plena unión económica y monetaria, primen también la integración política y social.