Memorias de Manuela

La Razón
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Acaba mi padre de salir del hospital con muy buen pie, pero antes, y en esas conversaciones que propicia misteriosamente el sufrimiento, me ha revelado sus relaciones con Manuela Carmena. Ejercía la jueza en El Escorial cuando él –un abogado pulcramente puntual– llegó tarde a una vista. Acezoso y preocupado, se disculpó con la magistrada y, para probarle sus buenas intenciones, le refirió que había incluso planificado llegar con antelación a la ciudad, porque en el teatro local ponían una obra para la que hubiese deseado sacar entradas. Carmena no sólo suspendió momentáneamente el juicio, para permitirle ordenar sus argumentos, sino que se ofreció a comprarle las entradas personalmente y enviárselas a Madrid. Es mi experiencia que gente tan delicada en cosas pequeñas suele también ser noble en las grandes. Resulta además fácil sentir simpatía por una señora que ha sido perseguida por los terroristas y lucha como una loca contra esa lacra social que son los desahucios de la gente pobre. Conviene, sin embargo, que las buenas intenciones tengan sólidos fundamentos. Entre 2009 y 2012, una treintañera australiana, Caroline Lovell, lideró en su país la batalla por los partos en casa. Lovell pedía la vuelta a la naturalidad y presionó a favor de la financiación estatal de las matronas domésticas. El 23 de enero de 2012, la activista falleció mientras daba a luz en su casa. La comadrona aventuró que podría haber muerto por una hemorragia, pero no terminaba de aclararse. Afortunadamente, en el hospital pudieron salvar la vida del bebé, una niña llamada Zahra. Cuento esto porque Carmena, una mujer madura y jueza experimentada, da muestras a mi juicio de cierta ingenuidad cuando, por ejemplo, disculpa las declaraciones de Ada Colau asegurando que desobedecerá las leyes: «Creo que estaba pensando –afirma la jueza–, en la objeción de conciencia». La objeción de conciencia es un derecho individual, mientras que Colau ejerce desde su papel institucional de alcaldesa. Con la misma sencillez propone doña Manuela medidas muy caras: subvenciones energéticas, viviendas sociales (40.000 quiere comprarle a Bankia) o huertos urbanos, sin añadir nuevas fuentes de financiación. En esta ciudad, llena ahora de baches como un saco remendado, hemos ahorrado como locos, y es curioso que apenas se le haya encomiado a Ana Botella que haya reducido la tremenda deuda Gallardón de 7.500 millones de euros a 4.500. Ahora escucho a la candidata: «El Ayuntamiento debe dinero, hay que pagarlo en amortizaciones, pero hay mucho para gastar». Espero muy sinceramente que, antes de «parir», se informe Manuela Carmena. Se puede hacer una noble defensa de una causa noble y, sin embargo, errar.