Mi cardiólogo

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La política tiene un punto de egocentrismo, lo que explica muchas de las actitudes de los responsables de los partidos. Quizá una de las manifestaciones más evidentes es que los líderes suelen atribuir a su propia persona los éxitos de su organización.

Cuando las encuestas o los resultados electorales van bien, es gracias al valor añadido que incorporan, cuando van mal, se empeñan en buscar explicaciones ajenas a cualquier responsabilidad propia.

Por eso, cuando llega el momento de presentar la oferta electoral en unas elecciones, como las autonómicas y municipales que se avecinan, el dedo de las más altas instancias no se hace esperar, convencidos de que el nombre y apellidos del candidato determina el resultado electoral.

Entonces empieza la búsqueda de lo que algún despierto veterano llama “candidato-amuleto”, es decir, un mirlo blanco al que se encomienda toda la organización para vencer la contienda electoral.

Todos los dirigentes que han pasado por la calle Ferraz han sufrido este virus que les impulsa sin remedio a intervenir en las candidaturas de Madrid.

No sienta bien a una federación que la intervengan, pero, finalmente, el debate termina centrándose en la idoneidad o no de la persona elegida, recuerden los intensos debates sobre Trinidad Jiménez o Miguel Sebastián como candidatos a la alcaldía.

Sin embargo, el debate es equivocado. Discutir sobre personas sin más es una trampa al intelecto. Por eso, pensar que la victoria del PSOE en la batalla por la alcaldía de Madrid depende de si se elige al veterano Manuel de la Rocha, a Pepu Hernández o a Puri Causapié, es ridículo.

El análisis de las elecciones madrileñas debe contemplar otros factores. Por ejemplo, si en Andalucía se ha penalizado la alianza de Pedro Sánchez con los independentistas catalanes, en Madrid es esperable que el castigo se eleve a la enésima potencia o, también, que la percepción de un gobierno sin posibilidades de gobernabilidad, aferrado a continuar como sea no es bien recibido en un territorio en el que política nacional, autonómica y local se entremezclan. Y esas son cuestiones ajenas al nombre del cartel electoral.

Pero, no basta con conformarse con un análisis simplista de la situación. El contenido y la forma de decidir el candidato a la alcaldía de Madrid por el Partido Socialista tienen otro trasfondo.

El presidente Zapatero siempre intentó intervenir, pero al tiempo fue escrupuloso con las formas. No tomó parte en los actos de campaña internos propiamente dichos, manteniendo la neutralidad formal exigible a un secretario general y, desde luego, nunca cambió a su conveniencia o necesidad las reglas y normas de la organización.

Sin embargo, la operación Pepu Hernández tiene otro calado. Es la manifestación explícita de que el dominio orgánico lo tiene Pedro Sánchez. En realidad, daba igual quien fuese la propuesta, alguien del Consejo de Ministros, un entrenador de fútbol o de baloncesto, incluso podría haber sido algún líder de audiencia como Jorge Javier Vázquez o Belén Esteban, lo importante era mostrar que la Federación Madrileña, en otros tiempos díscola, está amansada.

Si la cosa sale bien, recuerden de quien fue la idea, si, por el contrario, es un desastre, no faltará algún culpable, como el propio candidato que habrá cometido errores de campaña o algo en su pasado que se castigará por los electores o, en su defecto, cargará con las culpas el responsable orgánico de turno.

Pedro Sánchez nunca fue querido en su federación, por eso necesitó dominarla. No es el caso de Pepu Hernández, que seguramente goza del aprecio de la gente, aunque también es verdad que mi cardiólogo es un profesional de primera, además de muy buena persona, pero yo nunca le votaría para alcalde.