Moralidad pública

Hace millones de años senté a la mesa de la boda de un hijo de Guillermo Galeote con una médica pediatra compañera y amiga de la mía. Hacíamos círculo con Enrique Múgica Herzog y nuestras esposas, nos reímos bastante a cuenta de Felipe González y su desempeño como jefe de personal porque la jocosidad es la única salida elegante a la desdicha. Habiendo sido el doctor Galeote tesorero del PSOE solo el histórico vasco, ex ministro de Justicia y ex defensor del Pueblo, se había atrevido a sentarse con el apestado de los dineros partidarios al que los fariseos e hipócritas hacían atmósfera cero. Galeote creo que fue encausado y condenado por una primeriza y escandalosa financiación ilegal de los socialistas sin haberse llevado una peseta para sí: se destruyó su matrimonio, hubo de vivir un tiempo en la escuela de verano «Jaime de Vera» (si levantara la cabeza), hubo de reciclarse como galeno tras años de no ver un paciente y, sin embargo, se disipó en las tinieblas sin que González le enviara un billete de agradecimiento por no tener depósitos bancarios en la Confederación Helvética. Pagar sobresueldos o gratificaciones esporádicas es común en la empresa privada para fidelizar a directivos de cualquier categoría. Según la ley de Mahoma, tanto es el que da como el que toma y si el donante o el recipiendario, o ambos, pasan nota al fisco y ni hay delito ni mala práctica. El enésimo guirigay que nos ocupa o es tributario o una jeremíada sobre una clase política baqueteada por la lentitud de la Justicia y su afición a regalar impunidades técnicas.

En este gallinero no destacan, precisamente, los cacareos de la Agencia Tributaria, que tuerce el cuello a los pollos y reverencia a los gallos de pelea. Al sabio fiscal general del Estado, Eduardo Torres-Dulce, le basta su cinefilia para dar con el origen de los 22 millones de euros, máxime cuando el dinero se esconde habitualmente en Londres y solamente los gañanes intentan distraerlo en Suiza. Damos vueltas a la supresión del Senado, tarea muy complicada, y no cerramos por liquidación de existencias de un Tribunal de Cuentas que es el habitáculo de la vieja que sumaba cinco con los dedos y se llevaba cuatro.