Muros y deportados

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Advierto un incontrolado histerismo en torno a la figura de Donald Trump. La alcaldesa Carmena lo ha comparado con Hitler. Lo ha hecho sin mirar a los ojos al concejal de sus amores y defensas Guillermo Zapata, al que tanto divierten las cenizas de los judíos exterminados en el holocausto nazi. Trump es el presidente elegido democráticamente de una nación que cuenta con todas las garantías y poderes independientes para ser controlado. Compararlo con Hitler desde Europa se me antoja una severa estupidez. Se habla del «muro de Trump» y de los «deportados de Trump». No hace mucho, Pablo Iglesias lamentaba la caída del Muro de Berlín. Aquel muro fue levantado por el comunismo para impedir a los alemanes del Este el paso hacia la libertad. No se trataba sólo de un muro. Existía una franja minada y un antemuro de alambradas. El muro de Trump tiene otro objetivo. Impedir la entrada masiva de inmigrantes ilegales. Nadie habla del muro que con similar objetivo separa a México de Guatemala, uno de los países más pobres de Centroamérica. Además, que muy eficiente tiene que ser Trump para haber levantado en diez días casi mil kilómetros de muro. Ese muro que ya existe en un amplio sector de la gran frontera entre los Estados Unidos y México se construyó durante la presidencia de Bill Clinton, y su construcción no despertó histerias ni inspiró necias comparaciones.

Los datos aportados por LA RAZÓN son concluyentes. Ronald Reagan, el abominado de las izquierdas y los tibios, gran presidente republicano desde 1981 a 1989, deportó a 168.364 inmigrantes ilegales. El Muro de Berlín cayó por la política de Reagan, la influencia de Juan Pablo II y el pragmatismo del dirigente soviético Gorbachov. El muro que añora Iglesias. El presidente H.W. Bush, también republicano, rebajó el número de inmigrantes ilegales deportados durante su presidencia, que fue más breve que la de Reagan. Expulsó a 141.316 personas. Clinton, el adorado demócrata, un tipo simpático casado con doña Hilaria y gran amante del chupa-chups, muy admirado por Meryl Streep y Sean Penn, expulsó a 869.646 inmigrantes y principió la construcción del muro fronterizo con México. Georges Bush, republicano, endureció a raíz del atentado de Al Qaeda a las Torres Gemelas de Nueva York la política de admisión, y deportó a 2.116.690 inmigrantes, con un alto porcentaje de musulmanes. Y Barack Obama, el santo de nuestras izquierdas, no derribó el muro construido por Clinton en la frontera mexicana –lo que ahora llaman el «muro de Trump»–, y expulsó de los Estados Unidos a 2.571.860 inmigrantes. Tampoco desmanteló la prisión de la base de Guantánamo, como prometió, que pasó de constituir una vergüenza a un silencio acomodado.

En el año 1986, el «malvado Reagan» legalizó a más de 2.700.000 inmigrantes ilegales decretando una amnistía que benefició, especialmente, a residentes irregulares de origen mexicano.

Obama es infinitamente más simpático y agradable que Trump, pero ha sido un metódico y constante perseguidor y ejecutor de la inmigración ilegal. No puedo defender a Trump porque aún no me ha dado ningún motivo para hacerlo. Nadie ha generado más antipatías que él en esta Europa adormilada y mansa, que ha cerrado los ojos durante la presidencia de Barack Obama. Los americanos han elegido a Trump como su presidente porque la candidata demócrata, doña Hilaria, carecía de méritos y confianza. Trump es odiado porque puede comportarse odioso, y también por ser un triunfador. Lo que heredó de su padre lo ha multiplicado por cien, y eso en España no se perdona, pero en los Estados Unidos se analiza y se valora.

El histerismo anti-Trump no puede confundirnos. El muro que pretende cerrar con México lo levantó Clinton. No es el muro de Trump, sino el de Clinton, que ni Bush hijo ni Obama lo derribaron. Y compararlo con Hitler sólo se le puede ocurrir a un personaje extravagante que tiene como concejal a un admirador del Holocausto.

Un respeto a los votantes de los Estados Unidos, que representan a la nación que más muertos ha ofrecido en la Historia para salvar a Europa.