Nacionalismo con bocio

Hay muchas maneras de identificarse con un territorio, absorber su historia, percibir su espíritu y sentir que uno configura con él una relación «nacional», traducida en ese caso en un compromiso vital, en una adscripción muchas veces ideológica, incluso doctrinal, que vas más allá de lo que sería una emoción sentimental o una simple devoción folclórica. Hay un nacionalismo épico y trepidante, bronco e impulsivo, que tiene mucho que ver con los himnos y con las banderas, muy distinto de ese otro sentimiento de identidad que tiene menos que ver con las patrias, y con las fronteras, que con la simple emoción de saber que uno pertenece a un mundo en el que la arrogancia histórica importa menos que los rasgos estéticos que lo hacen distinto. Se puede desarrollar un cierto sentido «nacional» no sólo al definir un marco geopolítico e histórico, sino al estudiar los refranes, la dieta o las patologías de un pueblo. Yo sé que a los nacionalistas ideológicos esto no les gusta mucho, pero en algunas zonas de Galicia el sentimiento «nacional» ha tenido menos que ver con los tambores, las doctrinas y los himnos, que con el bocio endémico. Eso es tan cierto como que al hallazgo identitario de Curros y Pondal, de Castelao y Cabanillas, algunos llegamos muchos años después de constatar lo importante que habían sido en la configuración de nuestro carácter «nacional» los malditos sabañones. Naturalmente, una patología da menos prestigio político que una ideología y resulta un argumento poco serio si se trata de pedir la independencia. Se comprende que no es algo que les entusiasme a los nacionalistas de correaje y tambor, entre otras razones, porque no acaban de entender que a veces lo que configura el espíritu de un pueblo no son los himnos que le cierran los ojos, sino aquellas cosas tan sencillas que, además de melancolía y literatura, le producen fiebre.