Nada de dos Españas

No era fácil pensar que, a los ochenta años de una guerra civil, el país que la soportó querría recordarla, sin antes purificar su recuerdo. Mi generación, desde luego, que conoció a los tirios y a los troyanos de tal guerra, supo muy bien que no quería ni mentarla, y el simple hecho de hacerlo podía hacer suscitar su cólera como, ante la sangre vertida por Aquiles, se alzó el Escamandro. Todos los españoles que vivieron aquel horror estaban de acuerdo en que sucediera cualquier cosa antes que su repetición. Pero otras generaciones posteriores han sentido sus mentes más marcadas por constructos abstractos que por la historia, con su mandil de carnicero y su cuchilla, como nosotros la vimos todavía a poco de acabarse aquella guerra, o nos fue contada en voz baja, y con una seriedad con la que no oímos jamás contar nada. Y, así las cosas, nunca podríamos hablar nosotros de «las dos Españas», un llamativo y simple esquema, que explicaría demasiado para no dejar ver nada detrás.

Y así, en efecto, los españoles tuvieron que asistir, a la extraña y singularísima transformación de la vieja noción biológica de casta no limpia, que nació para señalar a judíos e islámicos, se «espiritualizó» ya en el siglo XVI, y se alargó enseguida hasta incluir en ella a los protestantes, y luego a los ilustrados y a la nueva ciencia que en tiempo de éstos entra en el país. Y «los aldeanos críticos», como los llamará el Conde de Peñaflorida, no pueden sino reír o encolerizarse ante las pelucas y los chapines, pero también ante las intolerables novedades de Kepler, Newton y Gassendi, porque no son cosas españolas. Y las asimilaciones a «judíos» de otros muchos grupos de pensares distintos seguirán hasta mucho después porque, con esa palabra «judíos», no se quiere decir exactamente «los judíos», sino los enemigos del ser nacional que lo niegan y desean transformarlo o liquidarlo, aunque proponiendo, curiosamente, otra ontología de ese ser nacional y otra clase de sangre limpia que además sería nueva y no contendría ninguna de las impurezas antiguas. Y así llevamos ya siglos, entre ontologías y metáforas, arruinando nuestra realidad histórica, cuando no con la limpieza de sangre vieja, sí con la de abstracciones nuevas.

De manera que, por ejemplo, la defensa de la nación, invadida por los franceses que son revolucionarios y nos traen las libertades republicanas, produce entre nosotros una actitud castiza contra esas mismas libertades, pero, a la vez, esa misma defensa produce una revolución política mimética de estas libertades, impidiendo que, como antes por sangres limpias y ahora por abstractos limpios, sea posible un espacio racional en el que puedan coexistir los españolitos de carne y hueso sin recuerdo siquiera de los enfrentamientos de casta vieja y de teoría nueva, cuya primera virtud sería igualmente la extinción de los que no son «suficientemente» como ellos, como si de otra mala casta se tratara.

Así que, mientras en Europa entera, aun con sus altos y sus bajos, al fin pudo encontrarse y coexistir tranquilamente todo el mundo con todo el mundo, no hubo para nosotros los españoles un similar ámbito de encuentro y coexistencia, tranquilo y racional, que durase algún tiempo notablemente entitativo, y hubiese encerrado en el puro conocimiento histórico de archivo nuestro violento pasado.

Hasta cierto punto entonces resultaría inevitable una visión dual y tribal del país y así se comenzó a hablar de dos entidades de España, especie de dos ontologías en perpetua lucha y que por esta razón misma hacía imposible el espacio común de todos los españoles, resucitaba la guerra de castas y producía una psicopatología o algo peor, que nos impide ser conscientes y confesar con tristeza la permanente y siniestra inclinación de los españoles al suicidio colectivo más o menos simbólico o real, que es la trágica realidad: es decir, esa necia dicotomía de las dos Españas, o la otra máscara de las mil y una Españas, que no quieren ser España. ¿Seremos incurables?