No basta con las leyes

En medio del marasmo de corrupción actual, ha vuelto a escucharse el clamor de los que piden leyes para solucionarlo. Personalmente, también abogo por reformas relacionadas con la transparencia financiera y la independencia judicial. Sin embargo, tras más de una década de vestir la toga, llegué a la conclusión de que el poder de las leyes es más que limitado si carece de respaldo social. Las normas rigurosas de poco sirven si los españoles no castigan política y socialmente a los que roban. No lo hacen – doloroso es reconocerlo – porque, a pesar de que existe gente con una integridad berroqueña, a millones de españoles les encanta robar. Las anécdotas al respecto podría multiplicarlas por centenares. Yo mismo fui testigo durante mi viaje de fin de bachillerato de cómo no pocos de mis compañeros – educados rigurosamente por los Escolapios y, en general, buenos chicos – convirtieron en deporte robar postales en París. Sucedía en la misma época en que en una conocida sala de fiestas de Madrid tuvieron que clavar los ceniceros a la mesa para impedir que se los llevaran o acabaron por sustituir la cadena del inodoro por una cuerda miserable, no por avaricia sino porque a diario la robaban. Pasemos por alto la costumbre generalizada de entrar en el jardín ajeno a coger flores o a robar fruta –algo que recuerdo haber afeado en mi infancia y adolescencia a bastantes niños sin que ninguno dejara de considerarme un memo aguafiestas – como si fuera normal. El respeto a la propiedad privada para millones de españoles se acaba en la propia. En las oficinas, siempre hay gente que se lleva los bolígrafos y los folios; en las clínicas, las jeringuillas y el algodón; en los hoteles, las toallas y los albornoces; en las cafeterías, las cucharillas y las tazas de café. Yo mismo trabajé antaño en una cadena de radio donde me vi obligado a cerrar con llave mi despacho porque los hurtos eran un fenómeno diario y había empleados que robaban la comida de sus compañeros. Con esa mentalidad, ¿puede sorprender lo que perpetran personas con poder o que, como señalaba Eloy Arenas en un conocido número, haya gente que suplique eso de «Dios mío, no me des nada, pero ponme donde haya»? Las raíces del problema se encuentran en una psicología de siglos que ha contemplado el hurto como un pecado venial, una falta sin relevancia o incluso un pasatiempo. Mientras no cambie de manera radical no bastará con las leyes.