Odios sin fronteras

Pensé que nunca volvería a ver unas imágenes como las que nos han llegado estos días: yihadistas del ISIS asesinan fríamente a miembros de las fuerzas de seguridad iraquíes en la frontera entre Irak y Siria. Algo terriblemente semejante nos llegó desde Tikrit. Se quedó corto Hobbes: el hombre es peor que el lobo para el hombre. Y estoy hablando de hermanos de una misma religión, aunque de diferente interpretación. Pero, ¿de que religión? ¿Qué tipo de Dios lo permite?

Habíamos archivado cuidadosamente los documentos relacionados con nuestra presencia en Irak, que no pocos sacrificios costó. Discutido el despliegue, discutido el repliegue. Las Fuerzas Armadas, como siempre cumplidoras, entre dos fuegos de opinión pública, y como siempre sacrificadas. Allí perdimos al capitán de navío Manuel Martín Oar en el atentado que destruyó la sede de la ONU en Bagdad en agosto de 2003; allí fue asesinado el sargento del EA José Antonio Bernal en octubre del mismo año a las puertas de la Embajada de España; allí sufrieron una mortal emboscada los comandantes Alberto Martín –un excepcional conocedor de aquel mundo–, Carlos Baró, Juan Ramón Merino y José Carlos Rodríguez y los suboficiales Alfonso Vega, Luis Ignacio Zanón, y José Lucas, adscritos al CNI, un aciago sábado de final de noviembre también de 2003, cuando atravesaban el pueblo de Lafitiya, 30 kilómetros al sur de Bagdad. En pleno relevo de equipos, se dirigían a las bases españolas ubicadas en Diwaniya y Al Nayaf. Nunca olvidaré aquellos momentos de incertidumbre y tensión, como nunca olvidaré la entereza y dignidad de sus familias, que tenían claramente asumido el riesgo, aceptado voluntariamente, que corrían aquellos hombres.

Como muchos países –trabajamos codo con codo con polacos, ucranianos y norteamericanos–, pensábamos que ayudábamos a un futuro Irak libre, democrático. Que se crearía un área estabilizada y estabilizadora en la región. ¿Qué ha pasado?

Lo resumía el martes en estas mismas páginas el general Martínez Isidoro, que compartió con el también general Ayala la segunda jefatura de la División Polaca en la que estábamos integrados. «Fue un error de Paul Bremer la desaparición forzosa del aparato de seguridad y defensa del periodo de Sadam, pues quedó el Estado sin un aparato militar y de seguridad que lo articulase; es muy posible que las nuevas fuerzas no estén cuajadas de este espíritu, el de la devoción institucional al nuevo Estado de Irak». Elemental. Seguramente el general Luis Feliu, quizás el mejor conocedor del periodo de la presencia militar española en Irak, opina lo mismo.

Lo demás ya lo conoce el lector: desafío islamista; miles de desplazados; contaminación regional del problema; clara insurrección de la minoría suní contra la mayoría chií, que paga con la misma moneda con la que aquélla gobernó durante el régimen de Sadam; movimientos emancipadores de la tercera etnia del país, los kurdos, que utiliza un ejército propio –la Peshmerga, «los que se enfrentan a la muerte»– para neutralizar la ofensiva yihadista. Irán, también de mayoría chií, se aproxima ahora a la posición de EE UU, aunque no mantengan relaciones diplomáticas desde hace años y alimenta una nebulosa red de milicias que apoyan al Gobierno de Bagdad. Reaparecen antiguos dirigentes del Baas de Sadam. En resumen, el caos de Siria se extiende a toda la región.

En mi opinión se están jugando dos guerras, de resultados inciertos y ya de costes humanos irreparables.

La primera sería la que algunos analistas llaman «partida sobre tapete de petróleo». La juegan Erbil, sede del Gobierno Regional Kurdo (KRG) y Ankara –no olvidemos las minorías kurdas en Turquia– al margen del Gobierno central de Bagdad. El petróleo kurdo se exporta a través del recién inaugurado oleoducto que desemboca en el puerto turco de Ceyhan. No olvidemos que el Kurdistán tiene una de las diez mayores reservas de crudo mundiales. Por supuesto esta partida puede afectar a la economía mundial, por el alza del precio de los derivados del petróleo. Es decir, seguramente la pagaremos todos.

La segunda partida se jugará a partir del próximo 1 de julio, cuando el nuevo Parlamento constituido en Bagdad deba elegir al nuevo presidente de la República, tras la elecciones del pasado abril.

Maliki se presenta por tercera vez y tiene a favor el peso de los favorables resultados electorales. Pero tiene al país en llamas y la presión internacional y la propia realidad iraquí deben llevarle a constituir un gobierno de concentración en el que participen los tres grupos mayoritarios que conforman su población–chiís, sunís y kurdos– con el fin de constituir un real Estado de Derecho. Es el gran reto del momento.

Vienen a mi cabeza, mil reflexiones. Me ciño a una. ¿Qué convenio de Ginebra, qué resolución de la ONU, qué Declaración de Derechos Humanos esgrimiríamos si la fanática ofensiva de estos bárbaros yihadistas llegase a nuestras fronteras? ¿Algunos ya están dentro? Tristemente, sí.