¡Oé, oé!

A veces tengo la impresión de que el fútbol sustituye en las sociedades contemporáneas a las antiguas luchas tribales. El fútbol es una disputa arcaica ritualizada, el afán conquistador del ser humano transformado en espectáculo de masas. Por eso gusta tanto. Da grandes satisfacciones. Alegra la economía y los corazones. Los vacía también. En la existencia abundan las luchas. La vida es un combate, no sólo para Hegel o Darwin, si bien el siglo XX enseñó a Europa que más vale pelear con un balón antes que con una bomba atómica. Los pueblos que han alcanzado un alto grado de civilización, dan la batalla en el terreno de juego más que en las trincheras.

Hace años asistí a un partido de fútbol en un estadio donde intervenían dos equipos ingleses y contemplé pasmada la ceremonia. Los hinchas anglosajones cantan maravillosamente, de una manera emocionante, con una voz tan subyugadora, masculina y potente, que oír a la multitud enfervorecida atestar el aire con su fuerza melodiosa me hizo pensar que estaba presenciando una contienda entre guerreros. Los mismos cánticos –o parecidos– debían sonar en las interminables disputas entre vikingos e irlandeses, a orillas del río Shannon, o en las tierras de Gales... Los hinchas ingleses tienen apodos como «gunners» (pistoleros), «hammers» (martillos), «blades» (navajas)... A su lado, los «toffees» (caramelos) del Everton parecen unos gallinas. Miraba a mi alrededor y, si hacía un esfuerzo de imaginación y les quitaba las coloridas bufandas, a sus hijos de doce años vestidos como clones de los padres, y las barrigas cerveceras, podía verlos listos para bajar la colina y destripar invasores.

El fútbol sublima el ardor guerrero. Pero la guerra es hambre, peste, robo, asesinato, sacrificio, violación de los derechos y olvido de todos los deberes (Concepción Arenal dixit), mientras que el fútbol... es así.