Peligro, jóvenes

La Razón
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Mucho alardean los nuevos tribunos sobre la eclosión de lo joven. A la hipotética gerontocracia política, judicial y periodística contraponen una efebocracia que en EE UU quedó resuelta cuando ganó un candidato de 70 años que acostumbra a comportarse como un zagal de 18. Una edad muy sobrevalorada, y resbaladiza, y atolondrada, y febril, tal y como sabemos de antiguo y han venido a corroborar los últimos descubrimientos científicos. El cerebro multiplica sus conexiones y reorganiza su funcionamiento durante la infancia y adolescencia. Son años de gran plasticidad y decisiones dudosas, que al parecer se prolongan más de lo que creíamos. De ahí que un fiscal de San Francisco, George Gascón, haya creado unos tribunales específicos para jóvenes de entre 18 y 24 años. Parece que a partir de los 16 los seres humanos saben tomar decisiones cognitivas con la eficiencia de un adulto. Pero, y es un pero dramático, sus cerebros trabajan excesivamente condicionados por las emociones. El influjo lunar de las grandes pasiones explicaría bien porque encontramos grandes poetas a una edad temprana, de Rimbaud a Neruda, pero también la sobreabundancia de errores cotidianos, algunos violentos. La idea de Gascón, que según le explica al «The New York Times» surge tras asistir a un congreso de neurociencia, quizá ayude a humanizar un sistema judicial que en la actualidad trataría a los postadolescentes con inmerecida dureza. No se trata tanto de disculpar al delincuente como de asumir que el mancebo de veintitantos todavía no sabe comportarse como un adulto. De ahí que resulte pertinente extrapolar sin excesiva demagogia consecuencias más allá de los tribunales y el sistema penitenciario. Pienso en España. Esos paladines de la Nueva Política que confunden sus desbarbadas intuiciones con planteamientos políticos de cierta enjundia. El ridículo prestigio que en tiempos recientes adjudicamos al pensamiento de moda frente a fórmulas acaso menos llamativas pero, ay, testadas por el centrifugado de la experiencia y el interminable censo de tantos cementerios. O en EE UU, el ruido, los llantos, la histeria de los seguidores de aquel Bernie Sanders. Capaces de hacerse fuertes en el sofá cuando parecía evidente que podía ganar Trump con tal de no traicionar su fallido asalto a los palacios de invierno. O todo o nada. Rojo o negro. O Bernie o el caos. Y fue así como, en una maniobra del destino abracadabrante, la pujanza de un mozo de 70 años y el absentismo cívico de la muchachada, igual de descerebrados ambos, dio en coronar al primero mientras los chavales sonreían en plan «Si ya lo decía yo» y «está todo podrido». Una tormenta perfecta que sufrimos el resto, la aburrida mayoría que superó hace años la edad de la rebeldía sin causa mientras aspira a no alcanzar la senectud con la fatal inconsciencia y la imprudente sentimentalidad del actual presidente. Las turbaciones fascinan en Las iluminaciones y los Veinte poemas de amor, incluso en la canción desesperada, pero acojonan al trasvasarlas a un entramado político que nació para enjuagar, precisamente, el seborreico dramatismo de la juventud, divino tesoro.