Penúltima curva

El sondeo sobre intención de voto publicado hace tres días por este periódico viene a confirmar la tendencia que atisba un futuro Parlamento de inquietante composición a la hora de contemplar eso tan valorado que llamamos estabilidad política. Utilizo el término «inquietante» tal vez por no moverme en la escala de valores de sociólogos de cámara, probablemente más centrados en el tacticismo de cómo y de qué manera afrontar las últimas curvas y recta final hacia las elecciones que pendientes de las consecuencias para el país de según qué resultados.

Trasladados a las urnas, estos datos abrirían un imprevisible y puede que maquiavélico juego de pactos. A diferencia de ayuntamientos y autonomías, donde el PP precisa de mayorías absolutas para gobernar, a nivel nacional la formación ganadora siempre ha asumido esa labor con o sin necesidad de apoyos. Bastaba, fueran socialistas o populares, el acuerdo con las tradicionales minorías nacionalistas. Eso hoy se podría romper.

Estaría por ver si el candidato a presidente de la formación con más escaños –en este caso el PP– consigue de entrada la investidura, como estaría por ver si aun consiguiéndola –que es mucho suponer– pudiera sacar adelante un mínimo de propuestas legislativas para gobernar, máxime teniendo enfrente a un PSOE con los peores resultados de su historia y a Podemos, con decenas de escaños pero, eso sí, con una nada desdeñable mayoría en la suma de ambos. La conclusión de la encuesta de LA RAZÓN no es solo la toma de un costado del PSOE por parte de Podemos, sino la paradoja de que la misma mayoría que considera al PP la formación más fiable es la que puede acabar quedándose en casa a la hora de votar. Ése es el reto de Rajoy en este año electoral.