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Perezón

La Razón
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Ea, pues nada. Que por lo visto hay que votar otra vez. Que yo lo estuve pensando la otra noche mientras me comía una pera y me dije «cáspitas». Pero no me vino nada por cáspitas. Qué hago, Diosito, qué hago. A quién le doy mi anuencia, a quién le meto la papeletica en la hucha, a quién, oh my God, le poso el asunto en la ranura. Voy a contarles una cosa. El abuelo de mi padre era republicano. Pintaba en las paredes de la resistencia cuadros de los ídolos comunistas. Se murió un día tontamente: se acostó en una zanja para intentar zafarse de una patrulla de la Guardia Civil, había llovido, estuvo mucho rato en mojado, pilló una pulmonía y palmó. ¿Soy víctima de la dictadura? Ojo, que como me venga arriba me querello. Pues quizá sí, porque mi padre salió de un facha insoportable. En otro sitio a la misma hora, mi madre nacía en una familia cuyo padre era franquista. Tan franquista que, tres meses después de morir Pachi, mi abuelo estiraba la pata tan ricamente, descansando después de la ausencia vivida. Él creyó que eso no remontaba y prefirió quitarse de en medio. Y justo ahí, justamente ahí, nacieron cinco hijos, tres de los cuales jamás votaron a la derecha. Un afiliado al Partido Comunista, del Athletic de Bilbao. Una socialista de carné. Y otra señora más del mismo tronco que asomaba la gaita en los colegios electorales preguntando, a voz en grito y a la Policía que custodiaba el recinto, dónde leches estaban las papeletas de Julio Anguita. Bien, como Vds habrán comprobado, pertenezco a una familia coherente. ¿Me mato? ¿Voto lo mismo o vomito y entro en coma metabólico en junio? ¿Peto? ¿Cambio radical? ¿Dono mis órganos a la ciencia? ¿Me exilio? ¿Me opero de la poitrine? ¿Voto lo contrario y vomito también? Y así pasamos los días, ea.