Pragmatismo político

La Razón
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El follón que se está montando con eso de los diez votos fantasma en la elección de la Mesa del Congreso no deja de ser, hasta cierto punto, desconcertante. Parecería como si algunos partidos políticos –más en concreto el PP y, por supuesto, los nacionalistas de derecha– carecieran de principios, mientras que otros –principalmente Ciudadanos y también el PSOE– enarbolan la bandera de las esencias para negarles el pan y la sal a aquéllos. Y entretanto, de repente, el pragmatismo –que es una virtud encomiable para el manejo de los asuntos públicos, más aún cuando éstos han de atender a intereses muy diversos– se esfuma de la escena política.

Por el momento, la discusión se centra en la constitución de los grupos parlamentarios, pero amenaza con trasladarse a la cuestión de la investidura que, sin duda, es ahora el problema crucial de la gobernación de España. En lo de los grupos del Congreso y del Senado, tenemos precedentes para todos los gustos, de manera que, por pragmatismo, han sido muchos los casos –a derecha e izquierda, con nacionalistas y sin ellos– en los que se ha hecho la vista gorda con una interpretación laxa de sus reglamentos. Por cierto que, cuando el tema ha llegado a mayores, el Tribunal Constitucional ha bendecido siempre las decisiones correspondientes. Nos guste o no, el sentido práctico de la política exige estos pecados veniales que, a la postre, no llegan demasiado lejos. Por cierto que yo soy uno de esos a los que estos trapicheos no les agradan, pero también considero que una cosa es no hablar con suavidad a los nacionalistas y otra muy diferente negarles la palabra. Ellos, al fin y al cabo, representan a una parte de la sociedad española que va a estar ahí por muchos años, incluso a su pesar.

Pero lo desconcertante es ver cómo los partidos políticos cambian de bando en esta materia del pragmatismo. El PSOE fue uno de los perpetradores de cambalaches en la corta legislatura precedente y ahora se apunta a la dignidad herida. Claro que al PP le ha ocurrido todo lo contrario. Y a Ciudadanos, al quien le gusta presentarse ante el público como un alma pura y sin tacha que sólo atiende a principios inconmovibles, pues también. Basta con recordar cómo se sentó en una mesa negociadora con Podemos –el partido portador de todas las rupturas, incluidas las territoriales–, tras haber suscrito un acuerdo con los socialistas, para ver si lograban su aquiescencia para instalar a Pedro Sánchez en La Moncloa.

Los comunes mortales que no nos dedicamos a la política estamos bastante hartos de tanto fingimiento y nos gustaría que estos asuntos se resolvieran con menos aspavientos. Porque, al final, lo que aparece es siempre otra cosa. Por ejemplo, el pasado jueves Juan Carlos Girauta terciaba en la polémica de los votos fantasma confesando en una tertulia radiada que su partido nunca podrá apoyar al PP para formar gobierno porque Rajoy es el candidato. En esas estamos.