Prensa cortesana

El domingo asistí a uno de esos episodios que nos brinda el maravilloso espectáculo del fútbol en su faceta de espejo de la vida y no oculto que experimenté un ligero escalofrío al comprobar cómo unos pocos pueden acabar con la obra de muchos.

La UD las Palmas y el Córdoba se jugaban el ascenso. A poco más de un minuto para el final venciendo los canarios, casi tocando el cielo, unas decenas de radicales insulares invadían el campo adelantando, –inmenso error– la celebración. Los minutos de aplazamiento enrarecieron todo, el Córdoba marcaba el gol del pase a primera y una ilusión colectiva se iba al garete. Doscientos energúmenos. Me resultó inevitable la traslación a la fotografía actual de nuestro país con una disyuntiva monarquía/república más virtual que real, pero que mal entendida puede acabar distorsionando todo un proyecto común cimentado en décadas y depositado en las fiables manos de Felipe VI.

Cuando desde algunos ámbitos del republicanismo mal entendido se califica de «prensa cortesana» a los profesionales y medios de comunicación que hemos narrado el hecho histórico de una proclamación real, lo que en realidad se oculta es algo tan evidente como el secuestro de la concepción de República por parte de quienes nadan como pez en el agua entre la demagogia antisistema y las barrabasadas bolivarianas envueltos en una bandera tricolor.

Los grandes valores republicanos de democracia no difieren en lo esencial de los que aporta una monarquía parlamentaria, ya sea en nuestro país, en Holanda, en Suecia o en Gran Bretaña, de modo que no nos engañemos, quienes han secuestrado para sus fines a la palabra «República» en España, no andan tan lejos de levantarse una buena mañana añorando la repetición de la batalla del Ebro por alineación indebida. Pues eso, llámenme cortesano.