Relatos y cuentos terroristas

De un tiempo a esta parte se habla de que hay que construir un «relato» que certifique la derrota de ETA. Sin este certificado, se dice, corremos el riesgo de que los derrotados seamos nosotros, como si bastase con una buena novela para cambiar el sentido de la historia. No basta. Suele decirse que las guerras las cuentan los vencedores levantando monumentos hagiográficos, mientras los vencidos bastante tienen con curarse las heridas. No es exactamente así. La Guerra Civil española la ganó Franco, como es sabido, pero la contaron los perdedores, incluso los que ganaron pero no soportaban el peso de la culpa ni el eufórico paso alegre de la paz. La guerra de Vietnam la ganaron los comunistas del Vietcong, pero quien la contó, la cantó, la escribió y la filmó fueron los derrotados, que no fueron exactamente Estados Unidos, sino miles de jóvenes soldados norteamericanos que no sabían ni cómo se llamaba el lugar en el que iban a morir. A un chorro de napalm corriendo por la selva le pusieron como música el «Hey Joe» de Hendrix. Se podría decir que en el relato, si quiere contar la verdad (la verdad de los hechos), se impone un principio de justicia, porque tarde o temprano siempre ganan los buenos. De no ser así, todo sería un cuento chino. En Alemania hubo una gran polémica porque el historiador Andreas Hillgruber en vez de hablar de Solución Final acuñó el término «el final de los judíos europeos». ¿No es lo mismo? No es lo mismo: en el primer caso hay la voluntad de acabar con ellos. El tema del relato es un reciente invento posmoderno que sostiene que la historia no se basa en los hechos, sobre los que nadie duda (ETA asesinó a 858 personas), sino en la manera de contarlos (en nombre de la patria vasca). La muerte tiene sus poetas. Sin embargo, un coche bomba en un centro comercial es una masacre cometida por patriotas vascos. De eso no hay duda.