Sacudida tremenda

Suele decirse que las elecciones al Parlamento Europeo salen gratis, por eso bastantes electores las utilizan para expresar su descontento con su opción política preferida, a la que, tras la advertencia, volverán responsablemente en los siguientes comicios nacionales, mientras que otros se quedan en casa. Las del pasado domingo parecen haber elevado mucho el precio, dejando considerablemente conmocionados a los políticos de cada ámbito nacional y a la política europea en su conjunto, a pesar de lo cual siguen viéndose como un disparo de aviso a los campeones de cada país y a la nave europea que los cobija a todos.

Para explicar el ascenso de los extremos, predominantemente de derecha, con el caso español más bien excepcional, haría falta descender a los temas específicos de cada nación, aunque sí exista una protesta común bastante generalizada contra la Unión Europea en cuanto tal, por más que tampoco las quejas sean idénticas, predominando unas veces el rechazo de la fórmula de la austeridad y los recortes para superar la crisis y otras, la reacción soberanista contra las «usurpaciones» de poder nacional de Bruselas.

A la hora de interpretar los resultados para desentrañar las lecciones que implican, una primera dificultad reside en la contradicción entre el abstencionismo que es más o menos el habitual y la tremenda sacudida que ha supuesto el fulgurante ascenso de partidos derechistas y nacionalistas por un lado e izquierdistas por el opuesto, con más o menos de antisistema en el terreno casero y mucho de antieuropeos en el nivel más general.

Pero la intensidad de la conmoción ha hecho olvidar la supuesta «gratuidad» del voto y ha mostrado amenazadoras orejas de lobo un poco por todas partes.

En Alemania no ha habido sorpresas. Las cosas siguen yendo mejor que en otras partes y los dos grandes del sistema van de la mano en el gobierno. En Francia, lo nunca visto. El Frente Nacional se hace verdaderamente nacional, se convierte en el tercer partido en discordia, adquiere respetabilidad robando votos tanto a derecha como izquierda y se lanza a soñar con la presidencia de la República. Con 21 representantes sólo le faltarían cuatro para formar grupo en Europa, pero –así de diversificados están los parentescos políticos– como tienen que ser de al menos seis países, parece que no va a conseguirlo. En el Reino Unido otro record histórico. Un cuarto partido –decididamente antieuropeo– por primera vez en más de un siglo.