Sangre en las vías

Yo sé que el periodismo ya no es lo que era, que los tiempos han cambiado y que la tecnología se está llevando por delante un oficio en el que la prisa era antes tan importante como la paciencia. En una ocasión cubrí la información de un suceso en el que el tren donde viajaba, vestido con el uniforme de la Armada, había arrollado a un automóvil en el que un hombre y su hijo de seis años trataban de cruzar las vías. El hombre murió en el acto. El crío se desangró en mis brazos mientras yo le hablaba para que no prendiese en sus ojos la tiza de la muerte. «Tranquilo –le dije–, sólo ha sido dolor y ruido. Pronto estarás corriendo al otro lado de las vías». Después, el niño expiró, yo me rehíce y tomé mis notas. Volví muy tarde al periódico y escribí mientras un mozo del taller arrancaba mi texto de la máquina y se lo llevaba al linotipista. Recuerdo que aquella noche al salir de la redacción tomé unas copas y no fui a la cama. Esperé a que llegase el periódico al quiosco, compré un ejemplar y leí lo que había escrito. El linotipista había cometido muchos errores que le pasaron inadvertidos al extenuado corrector de pruebas, pero los hechos estaban allí y se entendían bien: el niño, los raíles y la muerte. Después marché a casa y eché en la lavadora la garnacha sobada de mi uniforme ensangrentado. La vida siguió su curso y cuando quise darme cuenta ya era mayor, en el periodismo el cerebro había derrotado al corazón y el periódico del martes salía el lunes a la calle. Ahora estoy de vuelta de muchas cosas y ya ni conservo fotos con aquel uniforme blanco de la Armada. En el periodismo las prisas se han llevado por delante la paciencia y a veces ni siquiera da tiempo a que sea noticia la actualidad.