Sin hogar, bonitos

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Me conmueven profundamente las personas sin techo o sin hogar, que no es lo mismo aunque a veces va unido. Una persona sin techo es la que no tiene casa, la que anda por la vida con la mochila puesta, la que posee una única ventana que da al cielo mismo. Estas personas pueden incluso tener hogar. No es fácil, desde luego, pero algunos lo llevan dentro de si mismos y viven su trashumancia como un acto de libertad. Como una opción vital. Estos sin techo que tienen hogar suelen tener también recursos para defenderse del mal y ganarse momentos felices de sol, amistad, risas y placeres. Estos sin techo no quieren buzón ni cerrojos, sábanas ni compromisos. Algunos se cobijan del frío en invierno, pero cuando llega el buen tiempo regresan a la calle, su lugar.

Después están las personas sin hogar. La mayoría de los sin techo lo son. Están en la calle porque la vida un día les rompió el corazón o la mente y no pudieron rehacerlos. O porque un mal paso les llevo a la ciénaga. O porque no son capaces, aunque quieran, de integrarse en el sistema establecido. Tan bruto con los que no tienen recursos para defenderse del mal.

Sin embargo, hay otros sin hogar que sí tienen techo, incluso casas enormes y con calefacción. Y hasta palacios. Pero no nos capaces de darse amor, ni de dárselo a los otros. Andan con el frío, el asfalto y la soledad impregnada en el corazón y las venas, y son incapaces de quitárselo.

Me conmueven todos, les miro, les quiero, hago teatro con ellos. Y fui muy feliz esta Nochebuena viéndolos cenar en el palacio de Cibeles. Con champán y orquesta.