Sin rescate, no hay europeas

En quince días Portugal se sacude de encima un rescate de las instituciones europeas por valor de 78.000 millones de dólares. Recobra la siempre relativa soberanía financiera, aunque no habrá lugar para celebraciones. La portuguesa es una sociedad sufrida y pacífica y no ha dado estos años grandes manifestaciones de despecho hacia su clase política o un sensible crecimiento de su extrema derecha, que es la salida de la crisis de los ignorantes. Sólo una agrupación de policías se acaba de sublevar por recortes draconianos en sus salarios. Como un convaleciente Portugal tiene por delante años de reposo y restricciones antes de recuperar su normalidad.

Hace pocos meses salió Irlanda de la unidad de vigilancia intensiva, pero la suya fue una cirugía menor limitada a la banca. Aún así, los irlandeses se encomiendan a San Patricio ante un camino inmediato de estrecheces y observación internacional. Una vez que te has sometido a un rescate quedas como en libertad vigilada. Grecia, con dos rescates, ha quedado menos en pie que la Acrópolis, y hasta se ha disuelto la cólera de las calles. Los recortes de Rajoy y Valls en España y Francia son tímidos tijeretazos ante las destrucciones griegas, bien es cierto que sobre una sociedad administrativamente corrupta que ignoraba cuántos funcionarios tenía y contaba con jubilados de 120 años.

Los medios de comunicación no hacen estas comparaciones con España, ni para constancia de la Historia o contabilidad de las naciones. Aunque ya habían sacado los muebles de «Leman Brothers», el presidente Zapatero negaba la crisis con gran entusiasmo y decía a un grupo de periodistas: «Eso que ustedes llaman crisis no es más que una leve desaceleración económica». Una Oficina Económica a su servicio, 600 asesores personales, todo el Gobierno, los máximos contactos internacionales y los tanques de pensamiento del PSOE para engañar a todos con una elusión de colegial. Por supuesto que Zapatero no quería el rescate, pero ya se había ido Pedro Solbes como Cagancho en Almagro y Elena Salgado preparaba el traspaso de una contabilidad maquillada tras una de sus sesiones de zen. Mentir al confesor atañe a la conciencia individual y al remordimiento, pero traspasar los poderes con los números del Estado alterados debería ser delito.

Desde que Mariano Rajoy abrió las carpetas se olvidó de su programa electoral y dedicó todos sus esfuerzos a evitar nuestro rescate inminente y aparentemente inevitable. Bruselas no lo aconsejaba, sino que lo exigía. En España, el jefe de la oposición, el derrotado Rubalcaba, tenía un gesto de grandeza y ofrecía un pacto de Estado para afrontar el rescate de consuno. Rajoy se revolvía: «Si caemos nosotros la próxima será Italia. Hay que parar los rescates». Finalmente, sólo admitió a los ominosos «hombres de negro» para la limpieza de la parte podrida de la banca española, la más saneada del mundo según Zapatero.

Como nuestros presidentes no escriben memorias en serio, no creo que lo haga hombre tan discreto como Rajoy, pero su relato de los meses que resistió el rescate tendría pulso de relato de intriga, misterio y hasta terror. El presidente es «El hombre que mató a Liberty Valance», de John Ford, en la que el héroe John Wayne guarda silencio en beneficio de James Stewart. Rajoy no se publicita mal; es que ignora la mercadotecnia.

Mirando las depresiones y angustias de Eire, Portugal y Grecia, la seña de identidad de Rajoy es la del hombre que nos salvó del rescate, cuando Napoleón estaba en La Moncloa según la crónica barojiana de estas fechas. Fue una hazaña que exigió sacrificios, menores que los que los socialistas van a infligir a los franceses y no muy lejanos a los de la «abominable» señora Merkel, en cohabitación con los socialdemócratas, y con ocho millones de «mini jobs», contratos basura, empleos parciales, que jamás admitirían nuestros sindicatos, pero si el SPD, solo a cambio de una subida del salario mínimo para 2016.

En estas europeas toda la izquierda, desde el PSOE a las minorías chavistas antisistema, hablan de la exclusión social. Está bien, aunque la caridad tiene otros cauces y poco que ver con la política. La primera piedra de una seguridad social integral la puso el rojo incendiario de Otto von Bismarck tras unificar Alemania, un siglo antes que el sovietismo. Atravesamos una crisis sin precedentes ( salvo la de 1929) que deparará estrecheces por años y, probablemente, nunca nos permitirá ser los mismos.

Pero con todos los que han ido a la cuneta hagamos el esfuerzo de imaginar en que situación estaríamos si hace año y medio ese aparente anónimo no hubiera matado a Liberty Valance, y la «Troika», bajo cuyo yugo permaneceríamos, dictara cuántos funcionarios sobran, subiera un IVA unificado por encima del 23%, obligara a pagar una tasa a todo el que osara penetrar en un hospital, sacara del paro al que no aceptara un trabajo por tres meses a media jornada, rebajara linealmente las pensiones congelándolas por años, sometiera las autonomías, ayuntamientos y diputaciones a una dieta de caballo (alfalfa para dilapidar) y nos obligara a aceptar cuatro millones de desempleados como paro estructural.

Sabemos lo que tenemos, pero no lo que pudimos tener y se evitó. No recordamos los trabajos de Rajoy, hasta el punto de que los comunistas disfrazados de Izquierda Unida proponen no pagar la deuda externa sin que se nos ericen los cabellos. A tanto no ha llegado ni Islandia, y se han quedado en un espléndido aislamiento de bacalao.

Todos los partidos vocean sus argumentos, pero el Partido Popular tiene el único contundente: «Nosotros evitamos el imparable gol del rescate mientras los demás hacían ganchillo ideológico». Tal como ahora mismo. Si a Elena Valenciano no se le ocurre otra cosa que hacer de Europa una gran Andalucía, que Dios nos coja confesados. Queda mucho por hacer, pero no la verbena ilusoriamente benéfica de nuestra viejísima izquierda, que más que pedir el voto para desarrollar un proyecto sensato y posible parece vender boletas para una rifa solidaria.