Singulares sí, iguales no

La Razón
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Ni débiles ni fuertes. Ni mejores ni peores. Ni santas ni villanas. Mujeres y hombres son personas con virtudes y defectos. Afirmar que ellas poseen una serie de capacidades debido al género, además de un despropósito, es una falta de respeto a la singularidad del ser humano. Ninguna mujer es igual a otra pues todo ser humano es único e irrepetible. El feminismo actual –hace tiempo, lo bauticé como «hembrismo»– es una nueva religión en la que se ensalza a la mujer en detrimento del hombre además de enfrentarlos. Pretender que el hombre es malo y la mujer es buena nos lleva por mal camino. ¿Acaso estas hembristas no tienen padre, hermano, hijo? ¿Acaso no conocen a mujeres malas? Se acerca el 8 de marzo y florecen los mensajes que sólo resaltan las virtudes en las mujeres y obvian los defectos. Ni una sola mención a las asesinas o a las malvadas. Hay muchas mujeres que, a falta de valentía para construirse una identidad personal basada en su propia singularidad, se apuntan al «género» para así adoptar unas capacidades, que, según les hizo creer el feminismo antihombres, las harán dignas a ojos de la sociedad. Las «hembristas» desconocen que victimismo y madurez psicológica son incompatibles. Ningún hombre lo tiene más fácil en la vida como tampoco es más inteligente o capaz por ser hombre. ¿Cómo podríamos haber llegado hasta aquí si, las que nos precedieron, hubieran sido unas incompetentes? La biología no tiene remedio: es la mujer la que engendra hijos. O lo aceptamos o seguiremos infligiendo una herida cada vez más dolorosa y difícil de sanar. Iremos por buen camino cuando aceptemos que somos personas que estructuramos nuestra identidad en base al alma y no al género.