Son las ideas, ¡estúpido!

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Nos lo había advertido con total nitidez y muchos no le creyeron. Es más, ni siquiera contemplaron la posibilidad de que pudiera alcanzar la cota más alta del poder y, cuando así fue, mientras se esperaba pacientemente su investidura, se afirmaba que las instituciones atemperarían su ímpetu y convertirían sus excesos verbales en agua de borrajas. Se impondrían así los inveterados intereses de las élites conservadoras, de manera que el sistema quedaría incólume, como cuando el cielo escampa tras la tormenta.

Sin embargo, ahora los observadores de espíritu medroso se encuentran perplejos. Lo que no iba a ser ha sido; y lo que otrora fue anuncio se ha empezado a convertir en realidad. No ha hecho falta para ello ni una semana y ya tenemos la ruptura del tratado comercial más imponente del mundo, la subordinación de la política exterior a la cuestión del aborto, el bloqueo de los fondos destinados a la política medioambiental, la construcción de dos oleoductos –lo que incluye una posible transgresión del Tratado de Fort Laramie–, la orden de levantar un muro fronterizo con el vecino del sur y la interrupción de la inmigración desde los países azotados por la yihad terrorista. Ni que decir tiene que hablo de Donald Trump y de su «América primero». Como él, como Trump, hay otros muchos políticos en espera de dar impulso a sus revoluciones particulares. Proliferan en todos los países democráticos en los que los perdedores de la globalización y la crisis financiera –las clases medias, estancadas más bien que empobrecidas– escuchan sus cantos de sirena y se disponen a elevarlos hacia el poder en el altar electoral. Lo que ocurrirá o no con ellos aún no lo sabemos; pero esta incertidumbre no es óbice para despreciarlos, a ellos y a sus ideas, sin mover un pelo para combatirlos. No es suficiente con decir que «es legítimo que cada uno defienda su visión política», como hizo el otro día el ministro Dastis refiriéndose al presidente de Cataluña sin que se le escapara la menor crítica hacia los planteamientos que esa visión contiene. Porque lo verdaderamente relevante no son los intereses de tantos años anclados en los resortes del poder, no es el lastre del statu quo y, ni siquiera, la supuesta fortaleza del marco constitucional. No, lo que ahora importa son las ideas y es en el combate ideológico en el que se dirimirá la configuración próxima de nuestro mundo. Por eso, en las actuales circunstancias, la política no va a resolverse en la discusión de los detalles técnicos de esta u otra medida, en la apreciación de los costes económicos de esto o lo otro, o en la consideración de la legalidad o no de lo que se pretende. Y por eso mismo, también, lo que necesitamos no son políticos grises bregados en el trasiego de las influencias ni tecnócratas imbuidos de la razón mecánica. Lo que ahora requerimos son hombres o mujeres capaces de alzar las razones contra las quimeras que acechan.