Treinta y cinco años después

La Razón
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Quizá algunos hayan recibido con sorpresa las encuestas publicadas ayer que siguen dando mayoría, en líneas generales, a los partidos que defienden la independencia de Cataluña. Y eso después de que empresarios, banqueros, y líderes occidentales, hayan explicado lo difícil que resultaría a una comunidad autónoma sobrevivir fuera de España, de la Unión Europea, y del mundo civilizado. Pero no hay que extrañarse. Si el nacionalismo tiene algo –lo podemos notar cada vez que hablamos con alguno- es una capacidad asombrosa para distorsionar la realidad y aplicar criterios sentimentales a un debate que hoy, como siempre, necesita de sentido común y visión de futuro.

Pero en el caso catalán, a esta manipulación de los nacionalismos, hay que sumar otro elemento no menos importante: los treinta y cinco años que llevan sus representantes políticos alimentando –a través de la educación y de los medios de comunicación– una ideología que se apoya en fuerzas tan sólidas como irracionales. Todo el que nace o se siente de un lugar valora lo propio como lo mejor. A veces, incluso aunque se trate de una persona viajada y leída. Y es que el sentimiento se mueve en otros parámetros. Por eso, si a ello sumamos una educación llena de fantasías y rencores, y unos medios de comunicación cautivos del poder político, el resultado es el que conocemos.

Me dirán que los gobiernos españoles han sido también culpables, y lo acepto. Les faltó visión de futuro para articular otras mayorías en el Congreso y evitar que el nacionalismo sacara rédito de sus apoyos.

Conclusión: no va a ser fácil cambiar las cosas. Son 35 años de adoctrinamiento en el deporte, en la cultura, en las costumbres, fiestas, y hasta en la manera de pensar. Y, para cambiarlo, no sirven razonamientos ni argumentos. Seguramente, en un primer momento, sólo valga la autoridad de la Ley y del Estado de Derecho. Pero mientras tanto, habrá que combatir ese sentimentalismo con sus mismas armas. Mostrar a los catalanes que les queremos dentro de España, que forman parte de nuestra historia, de nuestro presente, y también del futuro. Así lo ha entendido el Rey Felipe VI, que ha repetido una y otra vez en sus viajes a Cataluña, que estamos mejor juntos y que así podremos combatir las crisis que vengan con más éxito. Y ésto, no sólo para mostrarles cercanía y afecto, sino, sobre todo, porque es la verdad.