Triste romería

Los sindicatos han comprendido al fin que en Madrid quedan cuatro gatos en el puente de mayo y han subido hasta Bilbao para manifestarse. Muy descriptible éxito. Los dirigentes y liberados sindicalistas se han convertido en «romeros por un día». Apuntan las malas lenguas que el 1 de mayo es el único día de todo el año en el que los liberados accionan el despertador para no llegar tarde a la gran manifestación obrera. Sucede que los sindicatos han hartado a la sociedad, que nadie confía en ellos, que las evidencias de corrupción son numerosas y carecen de credibilidad desde su innecesaria existencia. Son chulos del sistema, inmovilidad secular, antigüedad pasmosa. Como bien se ha apuntado en La Razón, la manifestación del 1 de mayo la han protagonizado decenas de miles de trabajadores que han copado las carreteras para alcanzar el sueño del mar. Es lógico. Perder unas breves vacaciones por oír las tontadas de todos los años en la manifestación sindical y para hacer bulto y número es un exagerado derroche de tiempo. Los liberados sí. Esos están obligados a acudir a su jornada de trabajo de un día al año porque para eso cobran.

Los mariscos han dañado profundamente el prestigio de los sindicatos. Excesivas cáscaras de colas rosadas por los suelos, y no sólo en Andalucía. En España, los mariscos establecen todavía la diferencia de clases. También existen entre ellos. La clase alta de los mariscos está compuesta por las cigalas, los bogavantes, las langostas, los percebes, los langostinos, gambas y camarones. Del carabinero hacia abajo el marisco sindical se perdona. Pero sus dirigentes no son tontos, y prefieren los mariscos considerados «de señoritos». Es positiva esta inclinación, siempre que los sufridos militantes de a pie no se consideren agraviados, y miles de ellos así se han considerado estos últimos años. Nadie cree en UGT ni en Comisiones Obreras a estas alturas del siglo XXI. Ahí están Toxo y Méndez con sus sueldos ocultos y su poder sin límite de lustros. No hay puesto de trabajo más rentable, seguro y de menguada responsabilidad laboral en España que el de liberado sindical. De ahí la compenetración natural entre los mariscos, los paladares y las banderas republicanas, que son las que se reparten en este tipo de romerías. En esta ocasión, y con la finalidad de no enfadar excesivamente al personal, los altos dirigentes sindicales eligieron el bar «Iruña» de Bilbao para tomar el aperitivo después de la agotadora mañana. Buenos pinchos.

Como ya no les quedan mensajes que proclamar, los sindicatos han optado por defender «el derecho a decidir». Síntoma de desconcierto. Llevan un camino extraño. Y se entiende la extrañeza de la senda. Con seis millones de parados, sus concentraciones son rotundos fracasos. Evidencia contradictoria. Aburren, irritan y descolocan a los trabajadores que sufren el paro, a los trabajadores que saben los tejemanejes dinerarios de los cursos de formación y otras zarandajas –los ERE– inventadas para quedarse con el dinero que a ellos pertenecía. Estos sindicatos son muy golfos, y la golfería resulta graciosa cuando se financia a ella misma, no cuando se ejerce con los impuestos y los dineros de los más débiles. De ahí el fracaso de sus romerías, antaño multitudinarias, hogaño deshabitadas y sin contenido.

Analizada la romería principal de este reciente 1 de mayo, se puede alcanzar el carpetazo de la sonrisa. Unos pelmazos que insisten en su protagonismo. El recuerdo de Nicolás Redondo y Marcelino Camacho siempre sobrevuela las imágenes de lo que queda de sus sindicatos. Aquellos sí lucharon, reivindicaron y consiguieron. Estos de ahora son los malos actores de una comedia cara y aburrida. La clase trabajadora sabe que los dirigentes sindicales han sustituido el utópico alarido de «¡A las barricadas!», por el de «¡A las mariscadas!», y claro, el futuro no se puede considerar amable. De ahí los cambios de rumbo. Se ha pasado de exigir mejoras laborales a defender el «derecho a decidir», la retirada de la nueva Ley del Aborto, la protesta por la detención de etarras y demás asuntos que en nada competen a las organizaciones sindicales.

Paisaje de treinta años atrás. La gran pancarta que nadie lee, los discursos que nadie oye, los gestos que nadie aprecia, banderas republicanas y enseñas independentistas. Y uno se pregunta qué tiene que ver ese costoso montaje con los sindicatos y el Primero de Mayo. Los grandes vividores, los grandes cínicos, los grandes hipócritas del sistema, ya de por sí corrupto y alejado de la sociedad.

La gran manifestación en las carreteras. Retenciones de cuatro horas. Paciencia y esfuerzo para alcanzar el descanso. A esta gente no se la toma en serio nadie. Pero viven maravillosamente porque así lo han decidido los partidos políticos anclados en el sistema. La complicidad en la corrupción. Y una ciudadanía hastiada de golfos y romerías.