Una justicia «a medida»

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Por mucho que se empeñen en contarlas de otra manera, las cosas son como son, y no como las cuenta el tonto de baba de turno, por muy ex primer ministro belga que sea. La Justicia se aplica, y ésta es la única razón de que Puigdemont y sus ex consejeros se hayan entregado en Bruselas a las autoridades judiciales de aquel país.

Desde que la juez Lamela dictara la orden internacional de detención para todos ellos por rebelión, sedición, malversación de fondos, desobediencia a la autoridad y prevaricación, su suerte estaba echada. Lo que ayer hicieron –entregarse en una comisaría de Bruselas–, sólo fue para evitar la imagen de su arresto por parte de la Policía. Por la tarde tarde les tomaron declaración gracias a un intérprete en neerlandés, idioma elegido por todos ellos. Tienen asesores y abogados que no perdonan una.

Sin embargo, lo que no han calculado los huidos de la Justicia española es que el proceso en el que ahora se han metido puede tardar en resolverse entre dos y tres meses. Y aunque el magistrado decidirá pronto, podría imponerles restricciones a su participación en las próximas elecciones. Y si la cosa se complica, el ex presidente tendría que hacer campaña desde Bélgica, cosa que no sabemos si perjudicaría o ayudaría a esa lista unitaria independentista que su partido, el PDeCAT, le ha propuesto encabezar.

Pero aunque Carles Puigdemont sea candidato virtual, algo que tampoco sería una novedad en nuestro histórico electoral, su horizonte penal tampoco se despeja. El ex presidente de la Generalitat asegura que sólo quiere ser juzgado por «la Justicia verdadera», imagino que se refiere a la Divina, aunque ésta tampoco sería verdadera si no coincidiera con la suya. Pero, bromas aparte, sí que conocemos bien lo que entiende el ex president por Justicia. Estaba negro sobre blanco en aquel plan de transición hacia la independencia que se filtró a los medios de comunicación: que fuera la propia Generalitat la que nombrara a los jueces. De esta manera se garantizaban no solamente el perdón para los que habían apoyado la independencia, sino también para los que se habían trincado el tres por ciento, o incluso aquellos que la Justicia española había condenado por delincuentes. Ésa –estaban de suerte los Pujol– era su idea de la Justicia.