Y nosotros con estos pelos

«Si mi teoría de la relatividad es exacta, los alemanes dirán que soy alemán, y los franceses, que ciudadano del mundo. Pero si es falsa, los franceses dirán que soy alemán y los alemanes, que soy judío». Lentejas, minucias, antigüedades. Parece ser que se ha detectado la señal más antigua que se puede identificar de nuestro universo. El Bicep2, un gigantesco telescopio de microondas en el Polo Sur ha detectado el primer latido del corazón del cosmos.Y la comunidad científica se ha revolucionado, con toda la razón, calificando este descubrimiento como el hallazgo más importante de las últimas décadas. Eso sí, no ha especificado de cuántas décadas, lo cual me preocupa. Lo que ya sabemos es que el universo principió hace 13.800 millones de años. En números redondos, claro está. Y después de conocer un dato tan fundamental para nuestras vidas, ¿qué sorpresa mayor podemos esperar? Tan sólo una. Que se averigüe con meridiana exactitud el nacimiento del cosmos. Esa cifra de 13.800 millones de años abre las puertas de la desconfianza. Pero si los científicos nos aseguran un día cualquiera que los millones de años son 13.817 o 13.201, la cosa cambiaría por completo. Son muchos años de diferencia, y los descubrimientos cuando se hacen, hay que hacerlos bien.

En mi caso particular, he amanecido con los mismos problemas que ayer, cuando no se sabía que nuestro universo tiene 13.800 millones de años. Entiendo que es síntoma de descomunal desinterés cultural y científico esta postura tan escéptica. Es más, procedo a desnudar mi incalificable frivolidad. Me importa un bledo que el primer latido del cosmos se produjera hace 13.800 millones de años y no mil millones antes o después. A mí, ahora mismo –y lo afirmo con toda seriedad–, lo que me importa es que lleguen cuanto antes las vacaciones de la Semana Santa. Dos días, cuarenta y ocho horas, restan para que se abra el ciclo de la primavera. Ignoro cómo sería la tierra hace 13.800 millones de años, pero no más vistosa que el valle del Jerte cuando estallan de flores los cerezos. No más esperanzada que los hayedos del norte cuando inician el renuevo de sus hojas. Está muy bien lo de los 13.800 millones de años, y envío desde estas líneas mi más expresiva felicitación a los científicos que han descubierto tan importante hallazgo. Pero me importa más que nos bajen los impuestos, que dejemos de ser unos ciudadanos de segunda y que sane el golpe en el muslo izquierdo de Benzemá para que pueda competir el próximo domingo –ya primavera– contra el «Barça». Me importa más que la naturaleza cumpla con su palabra, y devuelva lo que se ha llevado este invierno de ciclogénesis. Las arenas de las playas, por ejemplo, que se han convertido en tristes acuarelas de rocas desnudas, al menos allá en el norte de España, donde las playas asumen la responsabilidad de conservar su belleza.

Es impresionante lo de los 13.800 millones de años, pero un viejo amigo me confiesa que lleva esperando, para heredar, el fallecimiento de su tía Raimunda más de cuarenta años, y que anteayer, antes de que se supiera lo de los 13.800 millones de años, la tía Raimunda celebró un nuevo aniversario, que hizo el número 99, y ésos sí que son años, más aún cuando repitió durante la fiesta que le organizó su familia que no piensa adelantar ni un euro de su fortuna mientras Dios le conceda el milagro de la vida.

Pero si hay que quedar bien, se queda. Indescriptible el hallazgo. Emocionante en sumo grado. Muy útil, por otra parte. Lo malo es que nos haya sorprendido con estos pelos.