Ya era hora

No es nuevo. Los cursos de formación, que hasta ahora eran competencia prácticamente exclusiva de los agentes sociales, han sido desde sus comienzos un sumidero por el que se han tirado, escamoteado, infrautilizado, robado y desperdiciado millones de euros, algunos –no pocos– bien reciclados a posteriori por algunos listillos que se los han embolsado sin demasiados miramientos al calor de una prosperidad que nos tenía a todos demasiado entretenidos como para andar pidiendo explicaciones.

Lo que este año que está a punto de dejarnos ha destapado en el seno de algún sindicato no son hechos puntuales, que también, sino una práctica continuada convertida casi en costumbre y consentida por quienes deberían haberse ocupado de confirmar muy bien confirmado si el dinero que todos ponemos para que se impartan cursos de formación, primero, iba destinado a tal fin, y segundo, si en ese caso, la susodicha formación era de fuste. Por lo visto, ni una cosa ni la otra. Llevo años escuchando críticas sobre la baja, cuando no nula calidad de la mayoría de cursos; que detrás del entramado alguien solía llevárselo crudo; que el desvío de fondos de unas partidas a otras ha sido el pan nuestro de cada día. Nadie hacía nada, y esa misma inactividad elevó lo que ahora sabemos que son realidades a la categoría de leyendas urbanas: todos conocíamos las historias pero nadie las demostraba.

Tras los escándalos de UGT en Andalucía, la estulticia cuando no la mala fe de algunos de sus dirigentes y la clara constatación de que la fórmula de dejar al zorro que gestione el gallinero sigue siendo nefasta, ahora el gobierno plantea limitar el papel de los agentes sociales en la formación. Hubiera sido mejor optar por la vacuna para prevenir que por el antibiótico para curar pero, por fin, parece que algo se mueve. Ya era hora.