Teatro

Zorrilla y el Tenorio

La Razón
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La semana que viene, se cumplen los 125 años de la muerte de Zorrilla en Madrid. Me barrunto que, a pesar de la importancia del aniversario, la efemérides no será recordada como se merece. No crean que no lo comprendo porque, a fin de cuentas, Zorrilla ni era feminista ni homosexual ni había venido del norte de África. Si al menos hubiera formado parte del Quinto Regimiento o hubiera colaborado con terroristas algo le habría caído, pero partiendo de la base citada tenía mal que lo recordaran. Cuando yo era niño –en la época del terrible franquismo– hasta la gente más humilde se sabía algunos versos del Tenorio y no era para menos porque la obra en cuestión se representaba en los escenarios todos los años. Las versiones representadas en aquel maravilloso y añorado Estudio 1 con Carlos Larrañaga, Juan Diego o Francisco Rabal fueron antológicas. Sé que está de moda criticar el Don Juan, pero cada vez que he vuelto a leerlo o asistir a la representación –la última vez en el Teatro Prosperidad hace pocos años– me ha parecido mejor. Zorrilla no fue original al abordar el tema ya que el Don Juan es uno de los mitos españoles como Don Quijote, la Celestina o incluso el Lazarillo. Tirso de Molina lo destinó a una más que merecida condenación eterna después de haberse pasado la vida engañando criminalmente a las mujeres y burlándose sanguinariamente de los hombres. Su texto –excelente desde cualquier punto de vista– fue plagiado con mayor o menor fortuna por Molière, por Pushkin –que hasta tituló su drama «Convidado de piedra»– y por Mozart, pero Zorrilla introdujo un nuevo elemento propio de un Romanticismo coloreado de cristianismo: la redención gracias al amor divino y humano. Por las venas del Don Juan de Zorrilla corre una sangre más caballeresca y menos canalla, más audaz y menos sórdida, más dispuesta al arrepentimiento y menos encallecida. Para colmo, es movido al arrepentimiento gracias a la fuerza de la virtud. El mito se ve sublimado con la salvación del que busca a Dios en el último momento como el ladrón crucificado al lado de Jesús. Yo prefiero esa formulación a la de Tirso y los que lo copiaron. Quizá no sea muy realista, pero, en ocasiones, el romanticismo me puede. Tanto como resbala a los ignorantes que se olvidarán de Zorrilla.