Zorrillas y charcos

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No les voy a poner la cabeza como un bombo, clamando contra la forma en que se enseñan Geografía o Historia en España o recordando que cualquier escolar, aquí, está al tanto de las hazañas de Búfalo Bill y suele no tener ni puñetera idea de las proezas de Hernán Cortes o Francisco Pizarro. Se me ocurre que quizá podríamos aprovechar el giro que va a pegar la política española como consecuencia de la provocación independentista en Cataluña y poner un poco de sensatez en el aquelarre autonómico.

No me refiero a quitar la franja verde de la bandera de Andalucía, que según Blas Infante rememora la victoria almohade sobre las tropas cristianas en Alarcos o de borrar la engolada referencia al Hombre de Atapuerca en el estatuto de Castilla y León, pero sí de corregir perversiones como que algunos niños madrileños conozcan mejor las andanzas de la zorrilla de la Casa de Campo que los hábitos del tigre de Bengala. Con las ridiculeces que la fiebre periférica va introduciendo en nuestro sistema de Enseñanza es difícil dar por bueno el mantra de que tenemos la generación mejor preparada de la Historia y no se puede abordar seriamente reto internacional alguno.

Me imagino el cachondeo que debe de haber en estos instantes en el cuartel general de la OTAN, a propósito de la oculta vocación podemita del general Rodríguez, pero no me quiero centrar en lo accesorio. ¿Cuántas veces han oído eso de que es mucho más sencillo para un español –«por idioma y afinidad cultural»– hacer negocios en Latinoamérica que para un norteamericano, un inglés, un francés, un chino o un alemán?

La frase tiene un barniz de verdad, pero ha llegado la hora de preguntarse si estamos realmente aprovechando el inmenso filón que es la sintonía en el idioma, la cultura, los valores y hasta los genes con las gentes del otro lado del Charco. Según el Instituto Cervantes, hay casi 600 millones hablantes de español en el planeta, de los que más de 40 millones residen en EE UU y un millón en el vecino Marruecos. ¿Y qué hacemos para vincularlos a España? Nada o casi nada. Estas cosas no se pueden dejar al albur. Hay que diseñarlas como si de una estrategia militar se tratara y eso implica, además de celebrar actos culturales, financiar traídas de agua y ambulatorios con las ONG y abrir centros de enseñanza del español, conceder becas y cursos de posgrado a granel. Y en todos los ámbitos, incluida la Academia Militar de Zaragoza. Alguno de los becados te saldría rana, pero la apuesta merece la pena. Sobre todo si evitamos que algún paniaguado contrate a «Coletas» Rodríguez como profesor.