Dos Europas ante la crisis migratoria

Si no hay una responsabilidad compartida entre los países de la Unión Europea sobre la llegada de migrantes será difícil abordar el mayor reto que tiene en estos momentos la UE. Si no se acepta que llegar a las costas de Grecia, Italia o España es llegar a Europa, no se sentarán unas bases sólidas que ponga medidas comunitarias y no sólo las que cada país sea capaz de aplicar. La cumbre extraordinaria sobre migración y asilo convocada ayer en Bruselas por el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, ha vuelto a poner a prueba la unidad de los socios comunitarios. Los líderes de dieciséis países miembros, entre ellos Italia, Alemania, Francia y España, intentaron sentar las bases para alcanzar un acuerdo sobre la reforma del sistema común de asilo la próxima semana, en la cumbre de jefes de Estado y de gobierno de los Veintiocho. El encuentro estuvo marcado por el caso del «Aquarius» y la mediática gestión realizada por Pedro Sánchez, planeada como una carta de presentación de su Gobierno, pero no las soluciones. Desde el punto de vista humanitario fue una acción correcta, pero que minimizaba la verdadera raíz del problema, ya que escondía algo que debe tenerse en cuenta, y no sólo propagandísticamente, sino cara a las soluciones políticas en el conjunto de la UE: que España lleva años acogiendo emigrantes con sentido humanitario y siendo una frontera natural de Europa. Sólo en 2017, Salvamento Marítimo rescató a 13.544 personas, lo que supuso duplicar los llegados en 2016: 6.556. Este fin de semana se cuantifican en cerca de mil los rescatados, con el récord de 800 sólo el sábado. Estas cifras son la plasmación clara de que la solución debe ser global, tanto en el origen como en el lugar de llegada. Que el fenómeno migratorio pasa por un momento crítico lo demuestra que en estos momentos hay dos buques, el «Lifeline», con 234 migrantes, y el danés «Alexander Maerks», con 113 personas, que no encuentran puerto donde atracar. No es un mal paso que la canciller alemana, Angela Merkel, y el presidente francés, Emmanuel Macron, coincidiera en que se debe encontrar «una solución europea» para hacer frente al reto migratorio. Sin embargo, ambos también coincidieron en que la solución no debe implicar el acuerdo de los Veintiocho, sino entre aquellos países miembros que «decidan avanzar juntos». El mensaje vuelve a poner sobre la mesa un tema clásico en la estructura comunitaria: la Europa de las dos velocidades. Esta inconcreción sitúa el debate todavía en un punto embrionario sobre las propuestas fundamentales, según fueron planteadas por España. La expuesta por Pedro Sánchez y que en un principio contaba con el apoyo de Macron, la creación de centros de inmigrantes en territorio europeo financiados por la UE –según los estándares de Acnur–, es la que más controversia ha creado. Por contra, sí hay acuerdo para reforzar el control de fronteras y la necesidad de aumentar los acuerdos con las países terceros de origen o tránsito de los inmigrantes. Queda lejos la idea acordada meses atrás entre Berlín y París de condicionar algunos fondos europeos al cumplimiento de la solidaridad relacionada con la crisis migratoria. De nuevo se vuelve a dibujar un mapa de Europa marcado por el grupo de Visegrado (Hungría, Polonia, Eslovaquia y Chequia), que rechaza cualquier medida de reparto de obligatoria de emigrantes, y los países con vocación europeísta y fronteras del sur. La cumbre del 28 y 29 se celebrará con la debilidad política de dos países que tienen mucho que decir en esta crisis. Por un lado, el gobierno de Merkel, acosado por sus socios bávaros, que amenazan con acabar con su apoyo si no frena la entrada de refugiados; por otro lado, Italia dirigida de facto por un xenófobo dispuesto a cerrar sus fronteras.