El 95% de los españoles no podrá dormir

El pasado 19 de septiembre, Pedro Sánchez concedía una entrevista a Antonio García Ferreras en La Sexta en la que hizo las siguientes declaraciones: «Yo sería presidente del Gobierno y tengo que reconocerle que sería un presidente del Gobierno que no dormiría por la noche, junto con el 95 por ciento de los ciudadanos de este país que tampoco se sentirían tranquilos». El motivo de su insomnio era Pablo Iglesias. Pocas veces se había oído decir palabras tan claras a un político e insultar con tanta determinación a su futuro socio. No fue una improvisación, sino una descalificación en toda regla del que quería sentarse junto a él en la mesa del Consejo de Ministros. Abundando en ello, una vez que el periodista le insistió en esta extraña contradicción, remachó que Pablo Iglesias era el «principal escollo para que hubiera la formación de un Gobierno de coalición», por su aceptación de la autodeterminación de Cataluña, por la inexperiencia de su partido en tareas de gobierno y porque, además, ponía en duda que el líder del Podemos fuese un demócrata. Pasados apenas dos meses de esa declaración, que vilipendió al líder de UP como hasta ahora nunca se había visto, ambos firmaron ayer un «preacuerdo» para formar un «Gobierno progresista de coalición». Lo que ayer no explicaron (no aceptaron preguntas; eso sí, hubo una solemnidad muy impostada) es qué había cambiado para que ahora sí se diesen las condiciones para esa coalición. Los únicos datos fiables de los que disponemos son los resultados electorales del pasado domingo: el PSOE perdió tres escasos (120) y UP, siete (35). Es decir, el electorado castigó la estrategia de bloqueo, aunque por diferentes motivos. Sánchez quiso redoblar su representación parlamentaria y no lo consiguió e Iglesias forzó una presencia en el Gobierno a la altura de su ambición. El resultado de las elecciones ha abierto un escenario que no habían previsto –y de lo contrario sería de una perversidad que pondría los pelos de punta– y que, de nuevo, cambia el mapa político español: Cs, la opción de centro liberal, prácticamente ha desaparecido –le quedan 10 diputados– y Vox se consolida como tercera fuerza en la estela de los partidos populistas derechistas europeos. Lo más probable es que Sánchez no tuviera previsto este escenario y, por lo tanto, no le quedase más salida que volver a los brazos de Iglesias, pero aceptando las condiciones de éste. Habrá que admitir que es una victoria para el líder de Podemos, aunque otra cosa serán las consecuencias de este «Gobierno progresista», si es que finalmente acaba constituyéndose. Los diez puntos suscritos son de una sospechosa inconcreción y ni siquiera dan respuesta a cuestiones que habían sido una condición para que UP entrase en el Gobierno. Nada se dice de la derogación de la reforma laboral; de las pensiones sólo consta que habrá una «revalorización conforme al coste de la vida; apunta algo sobre una «reforma fiscal justa progresiva... en la que se eliminen privilegios fiscales (suponemos que no se referirá a los regímenes forales). Y en cuanto a Cataluña son vaguedades como «garantizar la convivencia en Cataluña». Sin duda, este no sería el Gobierno que necesita España ante el desafío separatista. De entrada, las bolsas reaccionaron ayer a la baja desde que Sánchez e Iglesias aparecieron juntos en las Cortes, con una caída de un 0,87, que no es mucho, aunque luego no se recuperó, lo que puede indicar que hoy siga la misma tendencia. Sánchez ha querido ocultar su fracaso con un movimiento escénico espectacular, aunque negando la opción más razonable y centrada: un acuerdo entre PSOE y PP que hubiese permitido la investidura, algo que el socialista rehuyó. Sánchez puede volver a ser presidente, pero dependerá de un cúmulo de pequeños partidos que no hará fácil la gobernabilidad. En todo caso, empieza la función de nuevo.