Opinión

El alto coste de mentir

La Razón
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En el juego de desinformación puesto en marcha por los separatistas catalanes se insiste en consignas que, como cortina de humo, pretenden sustraer a los ciudadanos dos elementos de juicio fundamentales a la hora de formarse una opinión contrastada. La primera, que aprovecha el desconcierto social provocado por la crisis económica, extiende la falacia de que una Cataluña independiente no vería dañado ni su PIB ni su capacidad de renta. Muy al contrario, mejoraría sus expectativas de crecimiento al desprenderse de la carga que significa la solidaridad con el resto de España. La segunda consigna, que afirma que la secesión no supone la salida automática de la UE, entronca necesariamente con la primera, puesto que hasta el ciudadano más independentista comprende que una Cataluña fuera de Europa no podría mantener los actuales estándares económicos ni asegurar el cumplimiento de los compromisos sociales. Al margen de que son los ciudadanos, como contribuyentes, quienes pagan los impuestos y no los territorios, y a simples efectos dialécticos, algunos indicadores ya dan claras señales de que el mantra separatista está sustentado únicamente en el engaño. Así, por ejemplo, ocurre con la inversión extranjera que, como refleja un informe de la asociación Convivencia Cívica Catalana, no ha dejado de caer en la comunidad que preside Artur Mas desde que éste hizo suyo el proceso rupturista de ERC. El informe, elaborado a partir del Registro de Inversiones Productivas del Ministerio de Economía y Hacienda, compara los resultados de las comunidades de Madrid y Cataluña, que gozan de un PIB similar, y concluye con la constatación de que la inversión extranjera ha caído drásticamente en Cataluña, mientras que no ha dejado de crecer en Madrid. Desde 2011, cuando toma forma la ofensiva separatista, la región madrileña ha recibido 36.600 millones de euros del exterior, frente a los 9.894 millones de euros de la catalana. Es un proceso que, además, se acelera con el tiempo. En el primer trimestre de 2014, la inversión extranjera en Cataluña cayó un 51% con respecto a igual periodo del año anterior. Este retroceso, que coincide, además, con la atonía inversora exterior de los empresarios catalanes, no puede disociarse del temor que genera entre los mercados internacionales el proceso separatista; mercados que dan por descontado que la región quedaría fuera de la Unión Europea y del euro. El propio Jean-Claude Juncker, sólido candidato a presidir la Comisión Europea, volvió a explicárselo ayer al portavoz de ERC en el Parlamento de Bruselas con una frase muy gráfica: «Uno no se convierte en miembro de la UE enviando cartas». Artur Mas debería ser, por lo menos, leal con sus conciudadanos y decirles la verdad.