Errejón, una traba para la izquierda

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Es un hecho que la irrupción de Íñigo Errejón en el panorama electoral español supone una traba para la izquierda, por más que desde algunos sectores de esa misma izquierda, siempre proclives al optimismo, hagan malabares demoscópicos para augurar lo contrario. Porque, incluso, está por ver que la candidatura del político madrileño, que fue uno de los artífices de la fundación de Podemos, sirva para paliar la alta abstención que pronostican la casi totalidad de los sondeos de opinión, que, si bien, afectaría por igual a izquierdas y derechas, incidía especialmente entre los antiguos votantes del partido que lidera Pablo Iglesias. Ciertamente, la nueva plataforma –cuya denominación definitiva es «Más País»– no surge ayuna de apoyos, que se dan, precisamente, en las circunscripciones electorales que reparten mayor número de escaños, –salvo en Cataluña, donde se buscará la neutralidad de Ada Colau– y puede contar con el descontento de un amplio sector de los antiguos votantes de Podemos que no entendieron la negativa de Iglesias a permitir la investidura sin contrapartidas del presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, que había ejecutado un veto personal, inédito en la política española, de su presunto socio en el Ejecutivo. También, por supuesto, con parte de aquellos electores podemitas que venían declarando en las encuestas su intención de decantarse por el PSOE el próximo 10 de noviembre. Pero, en cualquier caso, se trata de una fragmentación de los votantes del mismo espectro ideológico, que, en nuestro sistema electoral, siempre resulta penalizado. Y con respecto a la pretensión de que la nueva candidatura no perjudicaría a las aspiraciones socialistas si sólo se presenta en las circunscripciones con siete o más escaños, recuerda mucho a la campaña del «uno, más uno, más uno» para el Senado, que resultó catastrófica para el centro derecha. Nada peor que enfrentar a los electores con la opción de optar por un descarte. En conclusión, la candidatura de Íñigo Errejón, cuyos buenos resultados en Madrid son imposibles de disociar de la figura de Manuela Carmena, no sólo contribuye a fragmentar el voto de la izquierda radical española, sino que afecta a aquellas agrupaciones más minoritarias, como Izquierda Unida o las formaciones de carácter ecologista, que formaban entre las confluencias de Unidas Podemos, que, ahora, se verán obligadas a elegir alianza. Es, pues, una magnífica noticia para el centro derecha español, aunque sus efectos no lleguen a compensar la propia fragmentación del ámbito político en el que se mueven Pablo Casado, Albert Rivera y Santiago Abascal. En realidad, estamos ante una de las clásicas escisiones de la izquierda, en las que operan mucho más las circunstancias personales de sus líderes, la metodología y el tacticismo, que las hipotéticas diferencias ideológicas. El discurso de ayer del propio Errejón ante la asamblea de sus incondicionales –entre quienes no se encontraba Manuela Carmena– lo demuestra: ni en el fondo ni en las formas, navegando en las fáciles aguas de la demagogia y del sectarismo, se diferenció lo más mínimo de lo que puede decir un Pablo Iglesias o un Alberto Garzón. Es más, Errejón demostró que él puede ser más radical y que puede falsificar más la realidad española que cualquiera de sus antiguos compañeros de partido. Pero si, como señalábamos al principio, la irrupción de Errejón va a castigar las perspectivas de la izquierda más extrema, no debería felicitarse el líder socialista, que ya ha dado la bienvenida al candidato, ante los problemas, serios, que se le vienen encima a Pablo Iglesias. Porque un voto radical reactivado, como el que tuvo Podemos en sus inicios, podría devolver al PSOE a la incomodidad de los noventa y tantos escaños.