Opinión

Es el momento del plan B

La Razón
La RazónLa Razón

El apoyo envenenado que ERC ofrece a CiU para seguir manteniendo el Gobierno de la Generalitat es insostenible desde todos los puntos de vistas. Por un lado, los republicanos amenazan con retirarle la confianza si Artur Mas no lleva hasta el final la consulta separatista, aunque ésta suponga saltarse la legalidad; por otro lado, están forzando a adelantar unas elecciones que podrían ganar los independentistas de Junqueras, abriendo un mapa político lleno de incógnitas. Mas quiere dar la imagen de que tienen el control de la situación, pero lo cierto es que está atenazado por dos fuerzas que quieren que se cumpla la agenda de máximos: el entramado de organizaciones independentistas que están al frente de las movilizaciones y que se han convertido en un poder real sin pasar por las urnas y ERC, que ha llegado a proponer una declaración unilateral de independencia. La situación es preocupante y, aunque parezca que Mas no tiene margen de maniobra, debería explorar todas las opciones. De un lado, CiU puede desembarazarse del abrazo asfixiante de Oriol Junqueras, porque el Govern, si de verdad quiere cumplir la legalidad y no verse al frente de una consulta esperpéntica, podría prorrogar los Presupuestos sin el apoyo de ERC y agotar así la legislatura hasta el máximo. Por otro, ya ha habido movimientos de los socialistas catalanes brindando su apoyo con tal de que se libere de la fuerza de ERC. El próximo 3 de septiembre, el actual líder del PSOE, Pedro Sánchez, se entrevistará con Artur Mas en el Palacio de la Generalitat y encima de la mesa estará la posibilidad de prestar apoyo al Govern para que no siga atenazado por los republicanos, únicos beneficiarios de esta situación. La única condición es que CiU abandone el proceso soberanista. Mas debería aceptar esta propuesta, tenga el coste electoral que tenga para su formación –que está abocada, según los sondeos, a dejar de ser la primera fuerza política de Cataluña–, porque ante todo debe recuperar la centralidad, retomar las políticas moderadas y descomprimir la presión a la que el proceso soberanista está sometiendo a la sociedad catalana. Es una salida honorable para Mas, y así lo debería entender. La reunión entre el dirigente socialista y el presidente de la Generalitat tendrá lugar días antes la manifestación del 11 de septiembre, que se presenta como la «última batalla» para la independencia, pero, al margen de excesos épicos y recalentamientos históricos, es necesario que en estos momentos se imponga la racionalidad en la política catalana. No será fácil. El Partido Popular, que ha apoyado en muchos momentos al Gobierno de CiU, no mirará hacia otra parte porque ya ha asumido la responsabilidad de dar estabilidad a Cataluña. Si el 9 de noviembre no se puede celebrar la consulta independentista porque la suspende el Tribunal Constitucional, Mas se verá obligado a ofrecer un plan B. Ése será el momento.