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Freno al populismo en Holanda

Tiempo de lectura 4 min.

16 de marzo de 2017. 01:38h

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16/3/2017

La primera incógnita de las elecciones de los Países Bajos, la que más preocupaba a sus socios comunitarios, ha quedado favorablemente despejada: el populismo nacionalista no ha conseguido superar sus expectativas, mucho más ligadas al empuje personal de su líder, Geerts Wilders, que a una ideología claramente articulada. En efecto, al cierre de esta edición, el Partido por la Libertad de Wilders había conseguido, de confirmarse los sondeos a pie de urna, 19 escaños, es decir, cuatro más de los ganados en 2012, pero muy lejos de su máximo electoral, que son los 24 diputados que obtuvo en 2010, cuando su discurso era mucho más populista y contrario a la política de ajustes que imponía la Comisión Europea que xenófobo y antiislamista. En aquel momento, la crisis económica, que también afectaba a Holanda, en especial a los sectores laborales más ligados a la industria de la construcción, sopló a su favor. Hoy, con la mejora de la situación social, agitar el miedo a la amenaza de los inmigrantes ha podido darle algunos votos, pero no los suficientes para romper la estabilidad del país. La segunda incógnita, con quiénes podrá conformar un Gobierno el liberal Mark Rutte, ganador en amplia minoría de los comicios, tardará en resolverse. Si la fragmentación en el Parlamento holandés –la llamada 2ª Cámara– es proverbial, las elecciones de ayer nos retrotraen a la década de los años 70 del pasado siglo, cuando la complejidad era la regla y no la excepción. Rutte ha perdido apoyos –pasa de 41 a 36 escaños, según los sondeos a pie de urna–, en la misma medida que los ha recuperado Wilders, pero nadie le discutirá un triunfo que le negaban tozudamente las encuestas, a caballo de una propaganda populista crecida con el Brexit y con la victoria de Donald Trump en las elecciones estadounidenses. De cualquier forma, la composición del futuro Ejecutivo de La Haya, firmemente europeísta, no preocupa lo más mínimo en el seno de Bruselas, más allá de la conocida posición neerlandesa (la quinta potencia económica de la UE), contraria a que una Europa de dos velocidades aleje demasiado a los nuevos socios del Este y de las repúblicas bálticas. Habrá tiempo para analizar si los resultados del populista Wilders –que, insistimos, no ha podido romper su techo pese a ser la segunda opción por número de votos–, refleja la existencia de una amplia capa de la sociedad holandesa que, como en Estados Unidos y en otras naciones europeas, se resiente de los cambios de un mundo globalizado y tiene miedo de perder su modo de vida, o si sólo son fruto de una situación coyuntural, en la que el incremento del terrorismo islamista, la oleada de los refugiados y las dificultades de la crisis se han combinado fatalmente para este resurgimiento del nacionalismo excluyente. En cualquier caso, lo que han demostrado estas elecciones es que en el seno de las viejas naciones europeas todavía son mayoría quienes creen en los valores que representa la UE y que, ayer, se movilizaron en las urnas hasta alcanzar una participación histórica. El mensaje para el resto de los ciudadanos de esta nación llamada Europa, especialmente para los que están convocados a las urnas en Francia y Alemania, es que los populismos, la xenofobia y el nacionalismo excluyente no habían desaparecido de nuestras ciudades y pueblos, y que ha bastado un período de dificultades, de incertidumbre por el futuro, para que vuelvan a la superficie. Pero, también, que tienen un techo y que, en ocasiones, es el propio temor que despiertan lo que les hace aparecer más poderosos de lo que en realidad son.

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