La religión de la libertad

La Razón
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El viaje del Papa a Egipto se produce en plena ofensiva yihadista. Egipto no sólo es un país musulmán, sino que en el seno de su sociedad convive una importante minoría religiosa, los cristianos coptos, que está siendo objetivo directo de la violencia por parte del Estado Islámico y otros grupos locales. Pese a estar arraigada desde hace decenas de siglos –antes, incluso, de la invasión árabe de Egipto–, su supervivencia está en riesgo. En los últimos atentados del pasado Domingo de Ramos murieron 44 personas, lo que obligó a declarar el estado de emergencia. Sólo tres semanas después de estos ataques, Francisco besó la tierra de El Cairo. A pesar de que en su intención es tender puentes con el islam, prevalece el mensaje de que el Papa ha viajado para arropar a los coptos de los ataques yihadistas. Que el Vaticano haya querido lanzar el mensaje de que el Papa renunciaba a utilizar un coche blindado, obligando aún más a extremar las medidas de seguridad, encierra un claro mensaje de que ningún cristiano debe correr riesgo por su religión en un país mayoritariamente islamista. Para el nuevo régimen del general Abel Fatah el Sisi es fundamental transmitir una sensación de normalidad en un país que es objetivo de los yihadistas y con unas consecuencias nefastas en el turismo, que, a la postre, es su primera industria. El viaje de Bergoglio no sólo tiene que ayudar a los coptos para mantenerse como confesión religiosa que debe ser respetada por el Estado, sino para los musulmanes moderados, que necesitan transmitir que Egipto ha recuperado la normalidad y puede emprender reformas. En este sentido, que en algunas avenidas de El Cairo colgaran carteles con el lema «El Papa de la paz» es una demostración en este empeño. No será fácil, sobre todo porque es un país maltratado por la violencia, dividido y donde ha funcionado la venganza política. Lo señaló Francisco en su primer discurso: «Un no alto y claro a toda forma de violencia, de venganza y odio cometidos en nombre de la religión o en nombre de Dios». La comunidad copta ha vivido plenamente la crisis política abierta tras la Primavera Árabe y entendió que la llegada al poder de El Sisi les protegería, aunque le supuso ponerse en el objetivo del Estado Islámico. A pesar de que Egipto no fue mayoritariamente musulmana hasta finales del siglo XVII, los cristianos coptos han sufrido discriminaciones y siguen siendo considerados ciudadanos de segunda. Actualmente representan un 10% de la población (Egipto sobrepasa los 128 millones de habitantes) y, aunque la nueva Constitución de 2014 reconoce la libertad de culto, se ha restringido la construcción y rehabilitación de templos. Sin embargo, ayer se dio un paso importante, el diálogo interreligioso en el que se ha empeñado el Papa: el encuentro con el gran imán de Al Azhar, la universidad centro de referencia de los musulmanes, donde mantuvo un encuentro con Ahmed al Tayyeb, líder espiritual los sunníes, en el marco de la Conferencia Internacional de Paz. No fue un acto improvisado y hay antecedentes en la primera visita de un Papa a una mezquita; fue cuando Juan Pablo II oró en la de los Omeyas de Damasco en mayo de 2001. Pero meses después, el mundo quedó roto tras los atentados del 11-S y, sin ser declarada como tal, nunca una guerra en el mundo contemporáneo había tenido un componente religioso tan claro. El esfuerzo de diálogo protagonizado ayer en El Cairo puede chocar contra el escepticismo de años de violencia e intolerancia, pero el compromiso expresado ayer en la Universidad de Al Azhar puede ayudar al ejercicio libre de las creencias.