Lo normal en democracia es que gobierne el partido más votado

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Es evidente que el principal desafío que debe hacer frente el Partido Popular en el tramo final de la campaña es llevar al ánimo de sus antiguos electores y simpatizantes el hecho de que Ciudadanos lejos de ser la «marca blanca» del PP, creencia que parece arraigada, es en realidad un partido que, pese a su buscada indefinición, bebe de fuentes socialdemócratas, teñidas de populismo, y cuyo comportamiento en un futuro proceso de pactos postelectorales no está nada claro. Algunas declaraciones públicas de sus dirigentes, que llegan a tildar de «vieja política» el principio de que debe formar gobierno el ganador de unas elecciones, deberían servir de advertencia a los votantes populares, que pueden acabar prestando sus sufragios para una nueva representación del «todos contra el PP», tan querida por los partidos de izquierda y los nacionalistas radicales. Los sondeos muestran un panorama muy fragmentado en el próximo Congreso de los Diputados, pero con una clara mayoría del Partido Popular sobre el PSOE, al que superaría por unos 18 escaños, según la encuesta que publicamos hoy. En los usos habituales de las democarcias europeas, aunque no haya una norma general, lo habitual es que forme gobierno el partido más votado. Así ha ocurrido en España desde la restauración de las libertades y así debería mantenerse. Las alianzas de perdedores, sin programa de acción común posible, acaban por producir inestabilidad y graves perjuicios al conjunto de los ciudadanos.

L a encuesta sobre intención de voto elaborada por NC Report presenta una novedad muy significativa: por primera vez, el porcentaje de antiguos votantes del PP que declaran que votarán a Ciudadanos el próximo 20 de diciembre supera a quienes se decantan por la abstención. Concretamente, el trasvase de voto popular al partido de Albert Rivera supone un 14,5 por ciento, tres puntos por encima de los potenciales abstencionistas. Es reflejo de un cambio de actitud de algunos votantes del centro derecha, desilusionados por la gestión del Gobierno popular, que quizá no ha comunicado con la eficacia deseable, pero que ha salvado a España del rescate y ha permitido que entremos en una senda de intensa recuperación que sólo puede peligrar si hay inestabilidad política o regresan las viejas y fracasadas medidas de izquierdas. Es preciso llegar a esos votantes que, según la composición del origen del voto de Ciudadanos que detecta el sondeo, dio su sufragio al Partido Popular en las elecciones de noviembre de 2011. Los restantes proveedores de Albert Rivera se reparten entre «nuevos electores» y antiguos simpatizantes de UPyD –que prácticamente desaparece en la encuesta– y del PSOE, con un 15,3 por ciento y un 10,5 por ciento, respectivamente. Pero aunque el PP frena ligeramente su ascenso, continúa siendo el partido más votado, con un 31, 3 por ciento de intención de voto, y mantiene intactas sus posibilidades de recuperar esos votantes esquivos. Mientras, Ciudadanos pasa del 11,7 por ciento al 15,4, muy lejos de la mayoría, si bien registra su mejor resultado desde diciembre de 2014. Respecto a los partidos de la izquierda, el PSOE sigue estancado con un 24,9 por ciento de intención de voto; Podemos continúa a la baja y apenas llega al 10 por ciento, e Izquierda Unida se queda en el 4,1 por ciento. Entre los nacionalistas, Convergència paga su ruptura con Unió y pierde casi dos puntos con respecto a las elecciones de 2011, mientras que el partido de Duran i Lleida recupera algo de fuelle, y podría conseguir entre 1 y 2 escaños.