Luces y sombras de los atentados

La pasado una semana desde los atentados de Barcelona y Cambrils. Se ha encajado el golpe, pero perdura el dolor y la estupefacción por todo lo que se está sabiendo de los planes de los terroristas. Es ahora cuando empezamos a ser realmente conscientes del peligro que supone el yihadismo, que ha elegido España como objetivo directo. Si algo ha quedado claro estos días, es la necesidad de mantener la unidad en la lucha antiterrorista y la cohesión institucional. El atentado se produjo en un momento especialmente crítico a raíz del desafío independentista en Cataluña, situación que está llevando a la Generalitat a sobreactuar sobre algunas cuestiones guiada por la doctrina, algo ingenua, de que hay que demostrar al mundo que «podemos defendernos solos» de un ataque terrorista. Se trata de un planteamiento que no sólo es ineficaz desde el punto de vista policial, sino que, además, esconde una falsedad de raíz: las operaciones de la policía catalana se han hecho coordinadamente con información de la Guardia Civil y la Policía Nacional. Vaya por delante el reconocimiento a la labor realizada por los Mossos d’Esquadra, lo que no debe impedir poner encima de la mesa algunas dudas sobre las medidas preventivas antiyihadistas aplicadas. Ha habido errores graves; en el primero está incubado todo el posterior desastre: que se pudiese formar una célula terrorista en Ripoll, un pueblo de diez mil habitantes, dedicada durante seis meses a organizar un atentados nada menores, como atacar la Sagrada Familia, según revela el auto del juez Fernando Andreu. La puesta en marcha del comando fue obra del imán de Ripoll Abdelbaki es Satty, de cuya peligrosidad se ha sabido ahora que los Mossos ya habían sido advertidos un año y medio antes del atentado de Barcelona por la policía local de Vilvoorde (Bélgica), pero lo policía catalana respondió que no tenía datos ni indicios sobre la radicalización del imán. Es más, la consejería de Interior de la Generalitat considera que ese contacto, pese a existir vía correo electrónico, fue «oficioso», aunque existiese una coincidencia alarmante: la documentación de Es Satty fue localizada durante la investigación de la «operación Chacal». La justificación de los Mossos fue insuficiente para las consecuencias que tuvo: la policía catalana no dispone de un listado de imanes, dijo, ni siquiera por el hecho de que en Cataluña el salafismo tiene una fuerte implantación en las mezquitas. En la explosión en la casa de Alcanar, donde se habían almacenado centenares de bombonas de butano y se estaban preparando explosivos para atentar, los Mossos analizaron mal los datos y no supieron ver que había huellas de material utilizado por el Estado Islámico, la llamada «madre de Satán». Fue la última pista desaprovechada, sobre todo si se tiene en cuenta que hasta la juez que acudió al lugar de los hechos también advirtió a los Mossos de que la hipótesis de una acumulación de gas o una deflagración provocada por la actividad de un laboratorio de drogas no se aguantaba. Tampoco se tuvo en cuenta su opinión, ni se permitió que los Tedax de la Guardia Civil recogiesen muestras sobre el terreno. La Generalitat ha elegido una mala estrategia para demostrar que Cataluña ya tiene la policía de un «Estado normal», porque ni es el momento ni es real. La guerra contra el terrorismo será a gran escala y necesita de cooperación y, sobre todo, de lealtad, que es de lo que más adolece en estos momentos el Gobierno de Cataluña. La reacción del responsable de Interior, Joaquim Forn, al considerar que publicar los fallos en la investigación previa sólo buscan «ensuciar» la labor de los Mossos, sufre la dolencia clásica del nacionalismo: considerar que cualquier crítica es una crítica a Cataluña, aunque ahora habrá que decir que es al «proceso» independentista.